Agua y aguacates

Empecemos señalando que el agua es indispensable para la vida. Sin agua no hay vida. Sin agua tampoco hay producción agropecuaria, y sin alimentos, de nuevo, tampoco hay vida. Lo anterior determina que el agua que requerimos para la agricultura sea permanente, abundante, de buena calidad, almacenable en los periodos de lluvia y disponible en las temporadas secas del año. Aunque eso podría ser así en el país dada su condición de poseedor de agua suficiente para todos los usos que la requiere, tenemos regiones con deficiencia elevada del recurso para usos domésticos, agrícolas e industriales y, durante buena parte del año, inundaciones o prolongadas sequías.

En casi todo el país no cuidamos ni gestionamos el agua, y sus fuentes están altamente amenazadas por la destrucción de los bosques y demás ecosistemas necesarios para su generación y conservación. Aunque abundantes en el territorio nacional, los páramos, los bosques altos y medios andinos, la selva amazónica, la Orinoquía y los humedales están amenazados por la tala masiva, desarrollos de gran minería a cielo abierto, usos agropecuarios para cultivos de uso ilícito, secamiento de humedales y malas prácticas, por lo que la oferta hídrica nacional está mermando considerablemente.

Según el Estudio Nacional del Agua 2018, la demanda en Colombia «aumentó cerca del 5 % al pasar de 35.582 millones de metros cúbicos al año en 2014 a 37.308 millones en 2018 [y] el sector agrícola es el que más utiliza agua (43,1 %), seguido del energético (24,3 %)». Sin embargo, el agua de que dispone el país para los diversos usos, agrícola, industrial, minero y doméstico es, aún, suficiente. Eso ha llamado la atención de potencias con escasez de agua y necesidades en el uso de la misma. Tienen los ojos puestos en el recurso hídrico nacional, y no solo en los usos de generación de energía, también en el aprovechamiento que puedan hacer en varios cultivos en los que quieren no sólo el agua, también la tierra. Se están estableciendo grandes compañías multinacionales para adelantar plantaciones de diversos productos en nuestras cordilleras andinas y también en los valles fértiles del Caribe y del Pacífico, al igual que en la altillanura.

El aguacate es uno de ellos. El monocultivo de variedad Hass de la fruta se recomienda en una altura es entre 1.800 y 2.200 metros sobre el nivel del mar y en terrenos no arcillosos que cuenten con luminosidad y disponibilidad de agua abundante. En el territorio nacional se extiende en las zonas medias de las cordilleras central y occidental de Antioquia, Viejo Caldas, Norte del Valle y Norte del Tolima, con participación de pequeños y medianos productores, así como de compañías, las que además están comprando centenares de hectáreas para establecer medianas y grandes plantaciones, secando humedales y talando árboles nativos.

En varias de esas regiones se presentan contradicciones entre esas compañías, varias extranjeras, y habitantes tradicionales de dichas áreas. Los enfrentamientos giran alrededor del uso del agua, los nacimientos de la misma, la conservación de esta y las formas tradicionales de organización de las comunidades alrededor de sus acueductos comunitarios. Lo anterior, sumado a las particularidades señaladas en cuanto a la destrucción de bosque en zonas de altura media, el secamiento de humedales en algunas zonas y de ojos de agua en otras, y a la venta de la tierra del país a compañías extranjeras, lleva a preguntarse si así como se está haciendo debe aceptarse y permitirse como forma para desarrollar nuestras zonas agrarias.

Debe señalarse que ya hay más de 80 mil hectáreas sembradas con aguacate Hass y una producción de 210 mil toneladas al año. De esas, la gran mayoría van al consumo interno así su siembra se promueva como cultivo para la exportación. Exportar no es fácil para pequeños y medianos productores, por el elevado costo para establecer el cultivo y por las prácticas y controles de calidad necesarias para lograr la exportación de la fruta.

No decimos que no debe sembrarse aguacate en el país, lo que afirmamos es que no será con el establecimiento de otro monocultivo, y con los problemas ambientales que genera, como se logrará un desarrollo armónico del agro nacional.

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