⛰ ALTO DE LETRAS ⛰

Esta ruta es mucho más que el puerto de montaña más largo del mundo: es Colombia.

El camino comienza muy cerca del Río Magdalena. Xime me deja en Mariquita, Tolima, a las 7 am. Un tinto, un beso y un «nos vemos en la tarde». La pedaleada inicia acompañada de la humedad y calor del Magdalena, a 495 metros sobre el nivel del mar. Rápido llega la montaña, de verdad, nada de falsos planos, 5 kilómetros iniciales a casi el 7% de inclinación que recuerdan que es un puerto bravo. Adelante está la “bobadita” de 80,7 km por escalar. 

Dos pequeños descensos en el kilómetros 8 y 16 sirven como descanso y refresco por la brisa. Con el paso de 1 hora y 15 minutos las piernas van muy bien. Todo parece indicar que sí voy a llegar. Para seguir con fuerza empiezo una rutina que me acompaña hasta el alto, comer cereales y gomas de energía cada media hora. Las provisiones caben a la perfección en la Bar Bag hecha con manos y materiales colombianos en @yugo_msn_bags.

La vegetación, los pájaros, los ríos y las quebradas acompañan la ruta. Pequeños puestos de venta de fruta, aguacate y vegetales al pie de la carretera describen la raquítica economía agraria de los primeros 20 kilómetros de ascenso. Y la carretera se decora con la Musa Paradisíaca, la maravillosa mata de plátano, alimento que para muchas personas es dieta básica, allí y en otras partes del país.

En Fresno, en el kilómetro 25, aparecen dos íconos nacionales. Primero, se inaugura el hermoso paisaje cafetero. Luego, a mano derecha una estación de Ecopetrol. Café y petróleo, como cantaban Ana y Jaime. Al llegar al kilómetro 40 me es imposible no detenerme a apreciar el paisaje cafetero. Hermosas montañas adornadas por cafetos sembrados en laderas, que son en la práctica jardines verticales.

En este punto de la carretera, que es el más cercano al municipio de Manzanares (Caldas), recargo dos termos con bebida hidratante y aprovecho para tomar un café de la región. Falta la mitad y las piernas siguen respondiendo bien, los entrenamientos con los muchachos de @laotrarutacol han servido. «Seguro llego al Alto», pienso.

Retomo la marcha y rápidamente ingreso a Padua, Caldas. A este municipio hay que entrar con fuerza, pues hay una pared de 30 metros para escalar, si no me paro en pedales no la logro. Pero esa fuerza es inequiparable a la que más adelante imprimen unos cafeteros que descargan un camión frente a la Cooperativa de Cafeteros de Padua. Uno tras otro se tiran bultos al hombro y caminan en fila india hasta llevarlos a la bodega. Tomo una foto mental de la escena del trabajo agrario y colectivo para seguir trepando 6 kilómetros a 6,2 % de inclinación.

Del kilómetro 40 al 64 sólo puedo calcular el porcentaje de avance de recorrido mientras pedaleo con comodidad. 50 % y pedaleo. 60 % y pedaleo. 70 % y sigo pedaleando. El paisaje ya es muy andino, la vegetación se parece a la que veo cuando ruedo en el altiplano cundiboyacense. Incluso se asoman vacas Holstein, anunciando que estoy en zona de producción lechera. Un descenso leve en el kilómetro 60, donde se rompe la carretera para ir a Herveo o seguir a Letras, anuncia que viene una gran pared. 

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Es momento de recargar otro termo porque adelante hay 13,7 kilómetros al 6,8 % de inclinación. No quiero parar e intento llenar el termo en movimiento pero fracaso y ¡pum!, al suelo, raspada leve debajo de la rodilla izquierda. También se raspa la maneta izquierda del freno. Me duele más la raspada de la bici que la de la pierna. A más de 2.600 metros sobre el nivel del mar hace algo de frío, por lo que en la inesperada parada puedo ponerme el chaleco hecho por otras manos colombianas, las de @basicandsimpleco.

Esos 13,7 kilómetros son interminables y agotadores. Se ve la curva arriba y cuando se llega aparece otra más arriba y luego otra más, son tantas que ni me esfuerzo por contarlas. A lo lejos se ve una serpiente que no para de crecer y por la que bajan tractomulas, varias de ellas tienen letreros que indican que sus cargas son de medicinas. Con estos pretenden mediar con posibles bloqueos en la carretera, propios de un contexto de paros y justas protestas en Colombia.

Faltando 10 kilómetros me queda muy poco hidratante. Paro en una humilde tienda de venta de huevos “al por mayor y al menor”. Atienden una mujer y un hombre. El hombre comenta con otro cliente sobre la presencia de militares escoltando las tractomulas. En las palabras de ambos se asoma un descontento por el actuar de la fuerza pública durante los días del Paro. Además de huevos, en la tienda hay Vive 100, me tomo uno de un solo sorbo y sigo.

Las piernas todavía responden bien, la felicidad de saber que llegaré me embarga al tiempo que intento saber sufrir estos interminables kilómetros. Paso uno por uno a otros ciclistas que se van quedando rezagados a mi marcha, mientras otro me pasa. También paso a una mujer, le pongo que tiene más de 45 años, que lleva 9 horas trotando desde Mariquita. Una hora después, mientras estoy tomando un chocolate en el Alto, pasa la mujer y quienes la vimos en el camino aplaudimos a su paso. «¡Mucha tesa!», le digo, y ella me responde “no lo vuelvo a hacer en mi vida”. Le quedaban alientos para sonreír tras su hazaña. 

Faltando 300 metros para llegar al Alto se ve un repecho. En el páramo andino suelto un grito de “vamoooos”, grito que nadie escucha pero que me impulsa para, al igual que lo hiciera ese mismo día Egan Bernal en el sterrato de Campo Felice, emplatar y esprintar a más de 3.600 metros sobre el nivel del mar. Cuatro ciclistas que ya habían arribado celebran mi llegada. Puño en alto mientras comprendo que lo hice, el ciclocomputador marca 6:05 horas en movimiento y 3.572 metros de elevación positiva. ¡Coroné el Alto de Letras!

Mira los detalles de la ruta en Strava.

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