Chapinero dulce

Cada ciudad tiene su encanto y las recordamos por lo que vemos. Apostillada al lado del pacífico revoltoso y encabalgada con sus casitas en los cerros a los que se asciende por en pequeños rieles inclinados, Valparaíso y trazada por vericuetos entre casitas de sus favelas superpuestas se asienta la vida, Río de Janeiro. A veces, esas ciudades no están en lo alto y tienen pequeños barrios pintorescos, empedrados y llenos de mercados viejos, como San Telmo en Buenos Aires, o roídas casonas de puertas abiertas que se amarran de una biga para no venirse al piso, como en la Habana Vieja. Pero no todo está en lo que se ve. Cuando yo llego a una ciudad, lo primero que hago es preguntar dónde se come rico, dónde se bebe bien y dónde se vive mejor. Una es la ciudad de los viajeros y otra la de los locales, por eso tomo decisiones hasta no conversar con los primeros, que casi siempre son gente afable con la que uno puede fiarse.

Pasa que, siendo un local, al menos dos veces por semana me preguntan de qué parte del mundo soy, al punto que he empezado por sentirme extranjero en mi propia tierra. Así que, ¿por qué no sacar algo de ventaja de ello? Desde que aquella mujer que no puede ver me dijo que quería leer una novela titulada la Vida mentirosa de los adultos por el llamativo hecho de que los adultos somos tan mentirosos que una escritora decidió dedicarle un libro,  la idea surtió un efecto mágico en mi imaginación, aunque tengo que decir en mi defensa que estoy comprometido con la verdad.

Hoy salí con esa motivación interna, me puse un par de anteojos de sol, una ruana de origen mexicano y quedé como forastero disfrazado. Ya en el supermercado un hombre tropezó conmigo y sin que yo dijera palabra alguna me dijo: «­I’m so sorry». Yo le contesté con frivolidad: «­Don´t worry, man». Luego salí a la calle y en el mejor español americano —y ese acento de cundinamarqués venido a la ciudad por el que en Bahía Kino, al otro lado del desierto de Sonora en México, los lugareños llamaban a gritos a los otros pescadores para que fueran a escuchar hablar un colombiano— pregunté a un señor en la calle: «­Disculpe señor, ¿dónde puedo comprar unos dulces para llevar al extranjero?». Aunque no era cierto esta vez, sí he comprado dulces en mis viajes muchas veces.  Mientras cursaba mis estudios en Chile aproveché para conocer varias ciudades del cono sur, y una forma para ganar la amistad de la gente fue llenar mi maleta de dulces, chocolatinas y hasta arepas paisas que un amigo me hizo llevarle a una amiga en Santiago. Una vez en el hostal, yo iba haciendo amigos endulzando sus paladares con canicas anisadas de Bojacá, brevas recubiertas de arequipe de la Sabana de Bogotá, cañas gauchas, cortado de leche de Andalucía del Valle y cocadas de la Costa.

Lo de las arepas fue un punto aparte. Recuerdo ese episodio como si fuera ayer porque la policía aduanera me detuvo y me pidieron que abriera la maleta. Claro, era obvio que el scanner había detectado una masa poco usual. Recuerdo muy bien que una policía que lo manejaba le hacía un gesto gráfico con sus manos a los demás policías para decirles que se trataba de una cosa redonda y agregaba una palabrota insonora que alcancé a leer en sus labios: «¡Es DROGA!». Empecé a ponerme pálido cuando cuatro policías aduaneros me pidieron que los acompañara. Me llevaron a otro scanner, me hicieron desnudar y le practicaron una prueba para alcaloides a las pobres arepas, que a pesar del memorable contratiempo pude entregar a esta amiga que en gratitud me llevó a conocer la Chascona, la casa de Pablo Neruda. Eso sí, ¡nunca más llevaré arepas paisas! Nunca le conté a mi amigo el bochornoso acto de las arepas, pero me rehusé a llevar cualquier cosa loca con la que él quisiera complacer a su amiga.

Bajo el invierno austral, los santiaguinos amaron mis dulces de café tanto como el café artesanal que había comprado en el puesto de Don Jaime en las ferias de la Plaza de Lourdes, cuyas recomendaciones me han resultado muy útiles y por lo que le tengo un aprecio inmenso: «llévales estos tamarindos de la Costa (..) este bocadillo espejado de Velez, Santander (…) estas Melcochas de Moniquirá (…) estos turrones de Pereria». Me daba un poco de risa porque los pobres turrones no es que fueran propiamente colombianos, eran oriundos de Francia y de Italia, pero para Don Jaime siempre serían sus turrones pereiranos. Sus dulces han gozado de gran aprecio: una santiaguina me dijo «¡Te pasaste, colombiano!», y sabía que mi primera versión de la tesis no conquistaba tanto a Violeta Pankova, mi directora de origen ruso, porque siempre gastábamos más tiempo hablando de los bocadillos veleños que yo llevaba que sobre los autores que debía leer (al final me entregaba cinco hojas impresas de comentarios y me decía: ¡ya sabes  lo que tienes que hacer!).

Unos amigos de São Paulo​ que amo tanto como ellos a mí, Malcom y Aramys, me recibían cada vez que pasaba por allí con los brazos abiertos y me decían en el portugués más hermoso del mundo:

— Você é um traficante!

Y luego como chiquillos nos abrazamos para decir a coro:

— Sim, eu sou traficante de doces e de arepas!

Ni ellos ni yo olvidábamos lo de las arepas porque sucedió la vez que coincidimos en Santiago para su luna de miel. De hecho, nos conocimos ahí y hasta creo que arruiné su viaje porque la pasamos todo el tiempo juntos, ellos me enseñaban portugués y yo español. Los tres nos reíamos con lo de traficante de dulces y de arepas. Ahora ellos viven en Boston, pero durante el gobierno de Donald Trump me rehusé a ir a Estados Unidos, quizá lo haga pronto.

Así que este hombre de hoy me hizo recordar toda la historia dulcera que he vivido como extranjero, aquí y allá. El hombre me dijo «¡no inglés!», y yo le contesté «no importa, ¡yo español!», pero insistió en meter de vez en cuando palabras en inglés. Aunque en verdad debo a su lenguaje no verbal las indicaciones para llegar a la plaza por la que yo he pasado miles de veces. Y sí, ahí en la carpa de una pequeña feria decembrina volví a encontrar a Don Jaime Martínez, aquel mismo hombre nómada que va de feria en feria, ya sea en Bogotá o cualquier otra ciudad del país, o como antes, en cualquier Carrefour cuando los almacenes eran de los Pieres como él llama a los franceses. Así, me dice.

«Yo no sé cómo se llamaban, pero nosotros a todos les decíamos don Pier. Fue una época maravillosa porque en los diez años que estuvieron aquí porque el Estado no les cobraba impuestos, nos dejaron montar las ferias en sus almacenes de todo el país, y nos cobraban muy poco. Pero luego, cuando les tocó pagar impuestos, le vendieron a los chilenos.  Nosotros le presentamos el proyecto a los chilenos toda una mañana y al final ellos dijeron: la verdad no sabemos de qué nos están hablando, no entendemos nada. Debe ser porque somos extranjeros».

La última vez que pasé por el puesto Don Jaime no me reconoció, tal vez porque llevo un barbijo por la pandemia COVID-19, pero me dijo: «su voz se me hace conocida». Yo no lo contesté para tener el placer de que me siguiera contando sobre su vida: veinte años hace que se dedica a esto de las ferias, pero no siempre vendiendo dulces. Su papá le enseñó a hacer velas y entonces vendió velas; hizo un curso en el SENA sobre metales, aprendió a fabricar candelabros y entonces vendió candelabros; no fabrica los dulces, pero le compra a más de veinte talleres de todas partes del país. «Prácticamente —me dice— este es un atlas dulcero de Colombia, por aquí todo esto es de la Costa, a estas aquí les dicen crispetas, pero en la costa se llaman Alegrías; MIllo en bola en el Santander; y Kotufas en Venezuela. Este puesto es una fiesta para los extranjeros porque con 10 euros se llevan un mundo de sabores.  Estas colorinas son las “chavos” porque son las que lamía el Chavo del Ocho, pero aquí les decimos colombinas, estas son las “mariguanas” de Tuta Boyacá que antes eran largas, pero ahora son cuadradas».

La gente nos interrumpe porque quiere comprar. Así que el hilo de la conversación se pierde de vez en cuando, y luego viene la señora con su carrito de mercado cargado de termos para darnos tinto, avena o café (enviado por un par de mujeres de la caseta de los tejidos). Mientras me tomo el café, recuerdo que en el museo antropológico de Santiago de Chile hay un letrero inmenso que dice: América, El Imperio del Tejido.

Cae la noche, don Jaime se ocupa, nos tomamos el café, hablamos de cosas indecibles de la política nacional, él sabe que me conoce, le soy familiar, yo le digo que sí, que a lo mejor ya hemos hablado muchas veces, le prometo que volveré el jueves. Sebastián —el fotógrafo de El Chapín— debe tomar las fotos. Don Jamie, mi viejo amigo, está de acuerdo. ¡Volveremos!

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