Crónica de amor al barrio: dinámicas de comunidad post COVID-19

Ese sábado, víspera del día del padre en Colombia, llegó a nuestra puerta la vecina del primer piso. Se había acordado en la última asamblea del edificio reunir un dinero para regalarle a Don Iván, el celador de nuestro conjunto. Hicimos nuestra contribución felices porque Don Iván es más que el celador del edificio.

Hace un año —un poco antes de que llegáramos a vivir acá— Don Iván sufrió un infarto en medio de la jornada de trabajo y sin seguro médico porque la empresa que lo contrataba no estaba contribuyendo a su seguridad social. Rápidamente los vecinos se organizaron para mandarlo a un hospital privado y hoy él está rebosante de salud.

Es fácil decir por qué Don Iván es más que un celador. Es quien cuida del jardín con un evidente amor por las plantas, quien recoge las mandarinas del árbol y las distribuye entre los apartamentos y quien regala parte de su desayuno a Moca (mi mascota, ¡que lo adora!), todo con profesionalidad y afecto. Ese es Don Iván.


Cuando llegó Doña Ana teníamos la puerta del apartamento abierta (ahora casi siempre está así, ya que Moca y Fidel —el perrito de Aleja, nuestra única vecina de puerta— se la pasan jugando entre nuestras casas y quemando esas energías infinitas en estos tiempos de encierro). Estábamos terminando de almorzar con Aleja e invitamos a Doña Ana a sentarse y tomar un café.

Doña Ana se sentó y mientras filtrábamos un café con calma fue dejando de ser la vecina que hace poco se vino a vivir acá y pudimos conocer más de ella y su vida. Es una persona llena de vida y esperanza que compartió su historia y sus talentos (¡es una verdadera chef!). Su hija y ella abrieron hace poco un hostal y un restaurante en Provenza, barrio turístico de Medellín. Su cuidado y dedicación nos llamó la atención. Nos conectamos de inmediato y compartimos una buena charla con buen café y buen helado, ambos colombianos.

El almuerzo de ese sábado también fue un domicilio de un restaurante colombiano, del barrio. El helado había sido comprado en una heladería famosa y típica de la ciudad. El café, colombianísimo —por supuesto—, era de la tienda de nuestros super parceros que tienen su shop también en el barrio.

Éramos tres vecinas compartiendo con puertas abiertas y alrededor de una mesa repleta de productos locales. Les conté que estamos haciendo trueque con nuestros parceros de Desarrolladores de Café: les ayudamos con las redes sociales y mercadeo y ellos nos dan sus cafés especiales todos los meses. Volvimos al trueque para que nadie se caiga, para poder darnos la mano aunque de lejos. Doña Ana nos comentó que compra otro café para el hostal y el restaurante, pero que la marca ya está muy comercial y quiere algo más pequeño, más local y más justo. Le dimos a probar el delicioso café de la Mesa de los Santos, tostado y comercializado por DDC, y se enamoró. Firmamos una alianza y una amistad.

En seguida le hablé sobre la finca de la Capilla del Rosario, a 20 min en carro del Poblado, en donde se produce uno de los mejores y más sostenibles cafés de Colombia: de las manos del joven José Posada sale una bebida de los dioses que llega hasta Alemania. A esa finca hacíamos tours, antes de todo el caos que nos atrapara y encerrara. Ahora Doña Ana también quiere conocer la finca y vender los tours cuando volvamos a salir. Nos queremos apoyar entre todos. Eso está claro, y es lindo.

Las tiendas del barrio, la señora que baña a los perros y nuestros restaurantes y cafés favoritos no están solos. Así como yo tampoco estoy. Estamos tejiendo una linda red de apoyo en nuestro barrio. Nos ayudamos comprando local, consumiendo los servicios los unos de los otros, sacando al perro del vecino cuando este está ocupado y haciendo publicidad de cada comida o servicio local que nos encanta. Y les cuento que acá hay buenos publicistas, el voz a voz siempre ha sido y siempre será la mejor estrategia de mercadeo.


De acuerdo a la Real Academia Española, la palabra dinámica significa un sistema de fuerzas dirigidas a un fin, a un propósito. Las dinámicas económicas y urbanas son complejas y tienen diversas formas. Luego del inicio de la pandemia de COVID-19 que está destruyendo economías y vidas por el mundo, es más evidente el funcionar de los egranajes del sistema. Cada persona es un consumidor, cada consumidor tiene el poder de elegir dónde gastar y cada compra y venta tiene un impacto. ¿Por qué no impactar al prójimo, al vecino y al paisano entonces?

Los pequeños negocios están cerrando puertas, ¡están desapareciendo!. Familias se están quedando sin ingresos, sin perspectivas y a la deriva en un mar de egoísmo y frialdad. Es triste. El Estado invierte, menos de lo que dice, y lo hace inoportunamente (tarde, llegando sólo a los más fuertes) y atendiendo presiones de grandes gremios y el sistema financiero. ¿Qué hay de los pequeños? Son las mipymes y los informales que mantienen a este país alimentado y de pie. Abramos los ojos, cambiemos la dinámica del engranaje hacia un nuevo propósito.

Me parece super curioso que ahora, en medio a esta tremenda crisis, la gente empiece a difundir hashtags como #apoyalaeconomialocal, como si eso fuese algo nuevo, como si fuese algún sacrificio comprar productos locales. Apoyar a lo local siempre ha sido importante, de hecho el mundo funcionaba así antes de la globalización intensa que vivimos ahora. Comprar local es un manifiesto de responsabilidad hacia el planeta y las generaciones futuras, es una señal de respeto a tu comunidad. Apoyar a lo local no es solamente un acto de consciencia económica y ambiental, es también político. De hecho, TODO ES POLÍTICO.


Aquí en Medellín me pareció mucho más fácil apoyar a lo local y vivir más de acuerdo a mis valores personales. La amabilidad de la gente y su arraigo por esta tierra tan florida hace más fácil entender que  nuestros productos y nuestra gente vienen primero, y que nuestra comunidad está antes de las multinacionales que venden ropa desechable hecha en Bangladesh. Una caminata por el Poblado, Laureles, Envigado o algunas comunas es lo suficiente para conocer diversas marcas locales y percibir que realmente no hace falta nada más, nuestra tierra nos da todo y más.

No hay nada que caliente más el corazón en estos días tan sombríos que una small talk con el señor de la tienda, con el vecino de apartamento, o con la gente que va al parque vaciar la mente y sacar a sus perros. Hay que conocernos, saber quienes somos, nuestros nombres y gustos. Si seguimos sin re-conocernos el sistema va a seguir tratándonos como números, nada más. Y no somos números, somos seres complejos, con historias, propósitos y poder de compra.

Apoyar a lo local trae bienestar, fortalece el tejido social y crea una red de apoyo más poderosa de lo que podrás imaginar. Cuando me preguntan «cómo va la cuarentena por ahí» les digo: «por acá hay mucho calor humano, hay apoyo, hay trueque y hay comida en la mesa». Donde come uno, comen dos. Donde viven dos, viven tres. En donde la gente se da la mano, nadie se cae.Y es por eso que yo siempre digo, ¡amo mi barrio!

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