De la Comuna al 5G

Este 18 de marzo se cumplen 150 años del inicio de la Comuna de París, en la que Carlos Marx pudo presenciar el primer intento de construir una sociedad donde «el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos» como la que él había vislumbrado en su Manifiesto dos décadas antes. Desconociendo la autoridad de un gobierno impuesto, el pueblo se tomó la ciudad y abolió por decreto todas las injusticias sociales. Cuando el ejército de Versalles aplastó el experimento a la corta edad de dos meses, Marx dirigió a los sobrevivientes el panfleto La guerra civil en Francia. Allí les recordó, entre otras cosas, que «para conseguir su propia emancipación, y con ella esa forma superior de vida hacia la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico, tendrán que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos, que transformarán las circunstancias y los hombres». Lo dijo con amor, como quien consuela a una hija. 

A ese padre no le alcanzó la vida para ver nacer a su nieta, la difunta Unión Soviética, ni a su bisnieta, la vigorosa República Popular China. En las hemerotecas de esta última reposa, en un mismo documento, la prueba de su ascendencia y las razones para la división familiar. En la editorial de la revista Hongqi del 16 de abril de 1960, la dirigencia china hizo pública por primera vez su ruptura con los del Kremlin en una extensa diatriba que tiene por hilo conductor las lecciones que Marx plasmó en La guerra civil en Francia. Ante una URSS descarriada que se disponía, por un lado, a montar guerras con la excusa de la revolución en lugares ajenos a esta y, por otro, a recular en sus reivindicaciones económicas con la excusa del avance del sistema imperante, Pekín defendió en Hongqi su idea de relacionarse pacíficamente con demás países y de no tenerle miedo al desarrollo tecnológico global. Para ellos, ninguno de esos dos factores podría salvar a aquel viejo mundo, sino que, al contrario, «harían doblar las campanas por su muerte».

El libro virtual y gratuito 2050 China: Becoming a Great Modern Socialist Country, recién publicado por la editorial Springer, no remite a esa Hongqi ni a La guerra civil en Francia, pero sí prueba la vigencia de sus tesis. Los autores muestran cómo cada generación de gobernantes fijó un plazo más realista que la anterior para la modernización de China: la primera lo puso para 2016, la segunda lo aplazó a 2050 y la presente lo recalculó a 2035, sin mostrar síntoma alguno del cortoplacismo que fue agudo en París y crónico en Moscú. También se describe el sitio que le dan a la innovación tecnológica como fuerza motriz de su desarrollo, como aspecto en el que aspiran a ser líderes globales y como un medio para contribuir al desarrollo de toda la humanidad. Siguiendo ese camino, China llegó al 2021 como la única gran economía creciente y como la pionera indiscutible del 5G, una tecnología que lidera en número de patentes (indicador de innovación por excelencia) y que se ha empeñado en transferir, con su afán de innovar, a los rincones del globo donde no llega el afán de lucro.

Este árbol genealógico puede ayudar a entender por qué, aún sin Trump, la superpotencia que se proclama defensora de la libertad y el progreso insiste en promover por todo Occidente la imposición de bloqueos, sanciones y listas negras contra quienes nos traen de Oriente una tecnología que multiplicará por diez la velocidad, capacidad y fiabilidad de la actual. En los principios arriba desarrollados —longanimidad en lo económico y vanguardismo en lo tecnológico— nadie puede frenar a la Nueva China, pero el que apenas mencionamos —relacionamiento pacífico— depende también de ese viejo mundo que se ve cada vez más trasnochado, como si la pesadilla de los campanazos fúnebres lo atormentara con frecuencia

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