El maravilloso viaje de una materia particulada diésel

Ya sabemos la historia. Se rompió el cielo y apareció una bola ardiente del tamaño de una ciudad pequeña que cayó por Yucatán y extinguió a los dinosaurios. Pero no solo fue por el meteorito. Los dinosaurios también se extinguieron por culpa de nosotros, los mamíferos, que resultamos de la noche a la mañana mejor adaptados para competir en el mundo oscuro y lleno de hollín que dejó el brutal impacto.

65,5 millones de años después, no contentos con que nuestros pequeños ancestros peludos hayan apurado la extinción de los dinosaurios, nos pusimos a cavar muy hondo para profanar sus restos. Sacamos los cadáveres de los dinosaurios, convertidos en petróleo crudo gracias al tiempo y las presiones geológicas, para procesarlos de infinitas maneras y quemarlos como fuente de energía. Una de las maneras más populares de quemar restos de dinosaurios es hacer explotar combustible diésel dentro de motores de combustión interna.

El motor diésel tiene varias ventajas frente al motor de gasolina: mayor torque (aunque menos revoluciones por minuto), menor consumo y la posibilidad de usar combustibles menos procesados. Pero tiene una desventaja grande: que aunque produce menos NOx (los tóxicos óxidos de nitrógeno) que la gasolina, suele producir más material particulado: ¡hasta 20 veces más!

Las materias particuladas son básicamente hollín, como el que cubría la tierra luego de la caída del meteorito. Un hollín que ahora está matando humanos y que se vuelve más peligroso entre más pequeña y fina sea la partícula.

Una partícula fina, llamada PM2.5 porque tiene un diámetro menor de 2,5 micrómetros, pero que le gusta que le digan Panchita, puede iniciar su maravilloso viaje en Bogotá, en la cámara de combustión del motor de un bus de Transmilenio, un sistema basado en buses articulados, el único sistema de transporte masivo de la ciudad. Allí entra Panchita aún en forma de diésel líquido, como si fuera una crisálida justo antes de convertirse en mariposa para su primer vuelo. El diésel entra dividido en un rocío muy fino, a través de unos huequitos muy pequeños y explota por el calor con simpleza y elegancia, sin necesidad de chispa como en los motores a gasolina. La explosión empuja un pistón que se mueve rectilíneo y que mientras la biela y el cigüeñal convierten en un movimiento de rotación que pueda girar las ruedas del bus, produce un humo que, si la quema fuera perfecta, estaría compuesto solo por agua y CO2. Como hay belleza, pero no existe la perfección en este mundo, quedan gotas de combustible que no arden por completo, azufres, restos del lubricante y otros elementos que terminan reducidos por las altas temperaturas a cenizas; es decir, materias particuladas de distintos tamaños, entre ellas las PM2.5.

Nuestra PM2.5, Panchita, ha terminado su metamorfosis y está lista para volar. La succiona el tubo de escape y, como la agüita amarilla de los Toreros Muertos, la manda para arriba, viaja por el cielo, se expande y le llega a tu madre y a tu padre. Por ser tan grácil y liviana, Panchita se mantiene flotando mucho tiempo en el aire. Hasta que es inhalada por ti. Atraviesa la nasofaringe y logra esquivar con habilidad los mocos que logran atrapar partículas más grandes. El destino de Panchita no podría ser un kleenex. Panchita pasa por la tráquea. Traspasa los bronquios con el mismo descaro con el que afuera muchos se cuelan al Transmilenio. Llega a los alvéolos. Podría seguir por la sangre y alcanzar tu cerebro. Pero nuestra Panchita está cansada. Se posa esta vez por ahí y se pega a las células de los alvéolos pulmonares, donde podría interferir con ellas hasta hacerlas mutar y producir cáncer. Gracias a PM2.5, alias Panchita, has inhalado el cuerpo de un dinosaurio que podría matarte.

Según la CARB (Air Resources Board de California, encargada de la protección del público del aire tóxico en el estado), las exposiciones a largo plazo al humo diésel están asociadas a un incremento del 40% del cáncer. La alcaldía de Bogotá contratará la compra de 672 “nuevos” buses diésel para Transmilenio, en vez de optar del todo por tecnologías más limpias (eléctricas o a gas). Y, aunque la norma Euro V de los motores de estos “nuevos” buses diesel hace que sean supuestamente tan “limpios” como los motores de gasolina y que produzcan muchas menos panchitas, la CARB afirma, basada en evidencia científica, que no hay una cantidad mínima de humo diésel que no tenga efectos cancerígenos potenciales.

Pensando en que el maravilloso viaje de Panchita y demás materias particuladas (hay incluso más pequeñas: PM1, PM0.1) se seguirá dando durante mucho tiempo por las vías de Transmilenio, por donde se mueven concentrados cada año más de 648 millones de pasajeros que se exponen al humo prehistórico, es muy difícil no concluir algo poco científico: que, como en las películas de terror cuando se profanan cadáveres, los espíritus de los dinosaurios nos están cobrando venganza a través del dinosaurio vivo que gobierna a Bogotá del año 2016 al 2020 de la Era Común.

Nota: Publicado originalmente en Todo es Ciencia. Ilustraciones de Matador.

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