Profundidad de la crisis cafetera obliga soluciones ciertas y eficaces [parte 1]

En el propósito de actuar de manera responsable y como Director Ejecutivo de Dignidad Agropecuaria me abstuve de dar declaraciones hasta no tener los elementos de juicio necesarios para expresar una opinión sobre la grave crisis de ingreso de los cafeteros y sobre las diferentes propuestas para enfrentarla, y que la misma fuera resultado de varias consultas y opiniones recibidas en la Asamblea Nacional de Dignidad Cafetera. Para mayor comprensión voy a expresarla en dos artículos: Uno sobre la situación internacional, y otro sobre la situación nacional y el quehacer acordado por los caficultores.

I. Situación Internacional del Café

Es lugar común —para quienes analizan la situación internacional
— señalar que la crisis tiene origen en la sobreoferta de café en el mercado mundial, por la extraordinaria cosecha de Brasil, la recuperación de Vietnam, México, otros países centroamericanos y Colombia, que paso de 7,3 millones de sacos en 2012 a casi 14 millones en 2018.

Se suman a esa situación dos factores que distorsionan los precios y el mercado. Uno, la presencia de fondos privados de inversión que especulan -en el mercado de futuros en las bolsas de valores- y, el otro, las poderosas multinacionales de la torrefacción, comercialización y distribución que, controladas por el capital financiero -al igual que los fondos privados de inversión- aprovechan para, con base en los “precios de mercado” y sobre todo, en los juegos de especulación en las bolsas de valores, comprar a precios de ganga café que -para la gran mayoría de los productores de cafés suaves del mundo- son de ruina.

Debe resaltarse que grandes monopolios han integrado verticalmente el negocio cafetero mundial y controlan, no solo la importación, transformación y distribución en los países consumidores sino, cada día más y por diferentes mecanismos, la producción y exportación en los países productores.

Esa integración vertical conlleva la creación de alianzas y fusiones -de grandes compañías presentes hace décadas en los negocios cafeteros- y de consorcios -aún más grandes- que facilitan el control monopólico del mercado -de una envergadura tal- que siete grandes corporaciones controlan entre el 75% y el 80% del mercado mundial. Podría afirmarse que intervienen desde las semillas y las siembras hasta las ventas en cafeterías, grandes superficies y supermercados, donde se vende café, molido o soluble.

Estos factores llevan a precios, en el mercado mundial, de un dólar con sesenta centavos (U.S. $1,60) hace 27 meses, a menos de noventa y seis centavos de dólar -esta semana- (U.S.$ 0,96). Pero, además, la baja en la cotización podría ser mayor y prolongarse dos o tres años o incluso más.
Frente a esta situación de crisis de ingreso para los productores del grano, se han expresado voces en el sentido de que Colombia debe retirar su café de la bolsa de Nueva York y salir a venderlo sin tener en cuenta los precios que fija la bolsa. La propuesta parte de un reclamo justo por el comportamiento retorcido del mercado, ya señalado.
El asunto es cómo llevar a cabo ese retiro. En ese sentido, lo primero que debería hacerse es comprometer a los gobiernos de los países -que entregan cafés suaves al mercado- para que constituyan un club de países exportadores -que deberá incluir a Brasil- para que negocie, con los gobiernos de las naciones consumidoras, precios que reconozcan, al menos, los costos de producción más una tasa de ganancia razonable para los productores.

Sin tener la garantía de que la mayoría de los países productores se comprometan a pertenecer a la organización, a moderar la oferta del grano, almacenar por los períodos de tiempo que sean necesarios, controlar a los exportadores de sus respectivos países y colocar en el mercado mundial solo las cuotas acordadas, sería un riesgo demasiado elevado retirar nuestro café de la bolsa de Nueva York. Un paso en falso podría ser peor para los caficultores colombianos. Una unidad de países productores puede ser de gran éxito para los productores de cafés suaves del mundo.

Razones hay y poderosas para intentarlo. En 1983 se definió, en el acuerdo internacional de cuotas, que un precio razonable era US$1 dólar con 40 centavos la libra. Si dicho precio se trajera a dólares constantes -aplicando la devaluación de Estados Unidos- la libra debería estarse vendiendo entre US$2 dólares con 96 centavos y US$3 dólares con 10 centavos. Que se reconozca esa pérdida neta, en las relaciones de intercambio, es la primera tarea de los productores.

Pero, la primera dificultad para constituir un club de países exportadores se encuentra en el poco apoyo expresado por el gobierno de Colombia a la idea. Es necesario, para mejorar los precios internacionales, constituir una organización de Estados productores que propenda a regular la oferta y buscar precios no solo justos sino dignos para los productores. Sin la presencia de los Estados de las naciones productoras nada será posible. Habrá oposición y protesta, pero ella, por sí sola, no modificará los precios ni obligará a las multinacionales a pagar unos que sean dignos.

Asistir a encuentros internacionales de productores e instar al gobierno nacional a que modifique la posición asumida y lidere, con Brasil y otras naciones caficultoras, un reclamo a los gobiernos y a las multinacionales, es nuestro pedido. Mejores precios en el mercado mundial significan mayores ingresos para los productores y para el país y un alivio, sin duda, para las finanzas públicas.

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