El niño y los cerros

Las mañanas en Palermo cuando era niño eran muchas veces de neblina y los cerros que miraba cada día antes de salir para el colegio estaban cubiertos por las formas que hace esta sobre la sinuosidad de las montañas, que le conferían a su majestad un aire de misterio, de épico. Siempre pensé que cuando creciera y conociera un poco más del mundo de los habitantes originales del territorio, sabría por qué me producían esa sensación la neblina que cubría las montañas sagradas de los Mhuysqas. Al salir a coger el bus en la 45 con 15, desde la puerta del edificio donde vivía (que quedaba en la 44 con Caracas) no alcanzaba a ver la siguiente esquina, llegar al paradero en la 45 con 15 través de la neblina era como entrar en otra realidad. Esa cualidad nubosa y húmeda de la neblina la podía sentir pero no la podía atrapar y guardármela en el bolsillo.

En los tiempos presentes no he vuelto a ver neblina a nivel de las calles de Bogotá, la última vez que la vi dentro de la ciudad fue en los 80 en La Macarena, era hermoso tener un atisbo de lo que sería la Bakatá de los ancestros Mhuysqas, de sus cerros, humedales y todo su sistema hídrico y páramos, una tranquilidad inexistente luego del estallido urbanístico de la ciudad de la década de los 70, cuando la ciudad capital aceleró su paso para llegar a ser lo que es hoy. Ahora se han amplificado los errores del pasado y los de  hoy se verán a la vuelta de 10, 20 o 30 años. Las decisiones tomadas hoy con los cerros serán definitivas para la construcción de una ciudad con una vocación en la cual el eje rector del desarrollo sea precisamente lo ambiental, por el simple hecho de que este punto se intersecta con todo los demás; salud, calidad de vida, movilidad, seguridad alimentaria, seguridad, y la sostenibilidad del proyecto de ciudad contemporáneo a futuro.

Mucho de lo que pienso sobre la ciudad lo aprendí caminando por los cerros en las salidas del Liceo Juan Ramón Jiménez a recorrer los del oriente a la altura de la 170 con 7, cuando el Liceo quedaba en toda la esquina sur de la 170, las caminadas a Juaica, y luego cuando nos pasamos a Suba, a las actuales instalaciones, y nuestros paseos eran a la Conejera y Juaica también. También, las subidas por el Cerro del Cable para llegar al Bosque de Pinos, con la academia de Karate – Do, en la que estudiaba entre los 7 y los 9 años. Después, viviendo en La Macarena volvería a llegar al Bosque de Pinos, pero subiendo por los Tanques del Silencio del Acueducto de Bogotá, ahí por donde se ven las esculturas del viento de Ramírez Villamizar.

Ahí, justo donde se unen el Cerro del Cable y el Pico del Águila, hay unas cascadas hermosas y heladas, de agua cristalina, en una o dos, el acueducto construyo unos muros y se hacen unas piscinas buenísimas.  En una época de mi vida subía por las varias rutas que hay por allí, una de ellas lleva hasta aquel bosque hermoso, la otra lleva hasta el filo de la montaña y se desvía hacia Monserrate, y una más lleva directamente al Pico del Águila, donde uno se puede acaballar sobre el pico e imaginar que va montado en un águila con la ciudad a la izquierda y a la derecha el verde profundo de arboles y demás. Desde  ahí se puede bajar a las cascadas que están más bajas, la ruta del bosque lo conduce a uno al Cerro del Cable, donde están las antenas de la Policía, y continua hasta llegar a La Calera, donde se encontrará con un viejo camino Mhuysqua, a la altura de la imagen de San Antonio que queda en la curva antes del peaje de La Calera, camino que tomaban los antiguos indígenas para ir a los Llanos Orientales. Álvaro Moreno Hoffman, amigo, artista, caminante, ciclista, es una de las pocas personas que yo sé que conoce varias de esas rutas, las que más utiliza son: Monserrate, Valle del Silencio, Alto del Verjón, el Hato, Santiamén.

Sería una pérdiday una agresión al medio ambiente que el actual burgomaestre, Peñalosa, logre imponer su mirada, de espaldas a la naturaleza y sus necesidades. Sería estéticamente ofensivo que lograse construir una mini muralla China a la Peñalosa (deseo que ha expresado), que impida el paso de los animales que habitan y migran por los Cerros de Bogotá, debería más bien hacer un esfuerzo por repoblar estos, nuestros Cerros tutelares, de formas de vida que han retrocedido ante el avance humano. No solo en otros lugares del planeta hay ciudades en las cuales han regresado animales, también en Colombia está el caso de Medellín con su garzas blancas, guacamayos, ardillas, zarigüeyas e incluso pumas en el Parque Arví.

A %d blogueros les gusta esto: