La huelga se ha puesto de moda

Parafraseando a la cantante y líder Mapuche Evelyn Cornejo, “la huelga se ha puesto de moda, porque a la vida están maltratando…”. El pasado 2 de febrero, día mundial de los humedales, en una muestra de civismo ambiental, la sociedad civil bogotana se lanzó a las calles para abogar por la defensa de este ecosistema estratégico para el Distrito Capital.

Es evidente el inconformismo de un sector de la ciudadanía frente a las obras de endurecimiento de la administración pasada en los 15 humedales reconocidos de la ciudad, cuyos contratos en algunos casos continúan ejecutándose en la actualidad. La congregación ciudadana tuvo su mayor afluencia a las afueras de la autoridad ambiental Distrital, a donde llegó la gente después de haberse agrupado en la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá.

Cerca del 90% de los humedales del mundo han sido degradados y Colombia no es ajeno a ello, el 24,2% han sido modificados en el país. En mayor medida, la pérdida de humedales se debe en primer lugar a la actividad ganadera, seguida por la deforestación y la agricultura. En un país anfibio como Colombia, donde del total de 1.122 municipios 1.100 cuentan con coberturas de humedales reconocidos, es muy preocupante el panorama actual y futuro de estos reguladores hídricos.

Los humedales o chupkuas —en lengua Muisca— son el ecosistema más importante para la captación de Dióxido de Carbono. Empero, en la opinión pública se ha instaurado la percepción de que los mayores almacenadores de CO2 son los bosques húmedos tropicales —Amazonia— y los océanos. Además, el porcentaje de pérdida de humedales es 3 veces mayor al de los bosques, y los procesos de restauración ecológica de humedales están muy por debajo a los de bosques.

Pero, ¿qué hace tan especial a los humedales? Además de ser importantes reguladores del ciclo hídrico y de contar con gran valor natural y cultural, en sus cuerpos de agua se encuentran conjuntos de microorganismos —plancton y fitoplancton— que se mantienen en suspensión tanto en el agua como en sus sedimentos y son los responsables de capturar el CO2. Además de ello, los humedales tienen la particularidad de ser ecosistemas inundables, como por ejemplo  una playa que, por el constante oleaje, pasa de estar húmeda a seca permanentemente. Así mismo sucede con los humedales, por temporadas de lluvias y sequías los pulsos de inundación van variando. Pero no solamente eso hace especial a los humedales, cuando se transforman las áreas de este ecosistema ya sea por ganadería o porque al regente de turno se le ocurre urbanizarlos por considerarlos improductivos, no solamente se está perdiendo el valor natural y cultural per se, sino por las dinámicas biogeoquímicas, es decir, del suelo y de sus microorganismos, el humedal —o lo que queda de este— comienza a liberar metano, Gas de Efecto Invernadero aún más catalizador del calentamiento global que el Dióxido de Carbono.

Teniendo en cuenta estas particularidades, la institucionalidad internacional en cabeza de la ONU debería ir más allá del modesto e insuficiente Acuerdo de París que probablemente se quedará en falsas promesas y buscar la articulación en tres frentes: por un lado, con la Convención Ramsar sobre los humedales de importancia internacional, la cual Colombia suscribió en 1998. Segundo, con el Convenio de Diversidad Biológica, teniendo en cuenta que la pérdida de humedales también arrasa con un sin número de animales y plantas. Por último, con el mentado Acuerdo de París y toda su robustez institucional.

Mediante la articulación de esas tres instancias de toma de decisiones en torno a los humedales, el aumento de la temperatura en el planeta y la pérdida de biodiversidad, seguramente se llegará a un consenso más holístico y eficaz sobre el futuro de la humanidad y su relación con el planeta.

¡Que siga la huelga de moda! ¡Que siga la apropiación del deber cívico ambiental en las nuevas ciudadanías!

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