Iván Duque en el siglo XVI

Los acontecimientos políticos y judiciales que ha vivido el país a lo largo de los últimos meses develan la naturaleza autoritaria y déspota del presidente Iván Duque. Por un lado, la Corte Constitucional confirmó lo que anticiparon algunas personalidades de la política nacional, que era inconstitucional el intento de su gobierno de “permitir” las sesiones virtuales del Congreso de la República. De otra parte,  sus pronunciamientos sobre la reciente decisión adoptada por la Corte Suprema de Justicia a través de la cual se impuso una medida de aseguramiento privativa de la libertad contra el senador Álvaro Uribe Vélez. En ambas situaciones el presidente contradice la separación e independencia de los poderes públicos y parece emular el oscuro pasado absolutista que padeció la humanidad hasta el triunfo definitivo de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX.

Duque asume una posición autocrática, similar a la de los monarcas que predominaban en la edad media y contraria a los postulados republicanos

Al Socavar la facultad del legislativo para definir su propio funcionamiento, Duque asume una posición autocrática, similar a la de los monarcas que predominaban en la edad media y contraria a los postulados republicanos que promovió, entre otros, John Locke, quien hace al menos cuatro siglos en su Ensayo sobre el gobierno civil, defendía la separación de las ramas ejecutiva y legislativa, destacando la independencia del parlamento como un elemento vital para evitar el ejercicio abusivo del poder.

Después de esa penosa muestra de arbitrariedad con el Congreso, el jefe del ejecutivo y su partido —ante la inminente decisión de la Corte Suprema contra el máximo dirigente de la bancada oficialista— decidieron presionar a la justicia, lanzando agresivas campañas publicitarias en medios de comunicación en las que anticipaban una increíble conspiración contra el hoy indiciado expresidente. 

Como si fuera poco y ya una vez tomada la decisión de la Corte, Duque ha insistido en la probidad de Uribe Vélez, cuestionando y desconociendo la decisión adoptada por el máximo Tribunal de la jurisdicción penal, al señalar que el senador debería ser procesado en libertad. Es una grave extralimitación, ya que interfiere en el ejercicio autónomo de las funciones que la ley y la Constitución —en su artículo 113— le han asignado a la rama judicial.

Resulta paradójica el llamado de Duque y de su partido a subvertir el orden jurídico vigente y a reformar la estructura judicial actual de Colombia, cuando ellos presumen de ser los genuinos defensores del Estado de Derecho y de las instituciones

Por su lado, los voceros de la bancada de gobierno en el Congreso se apresuraron a anunciar la convocatoria de una asamblea constituyente con el propósito específico de reformar las cortes que tanto les incomodan, propósito sobre el que  Duque dijo que “había consenso” y que confirmó el propio detenido Uribe.

Resulta paradójica el llamado de Duque y de su partido a subvertir el orden jurídico vigente y a reformar la estructura judicial actual de Colombia, cuando ellos presumen de ser los genuinos defensores del Estado de Derecho y de las instituciones. Esa peculiar actitud, recuerda la famosa expresión de Odilón Barrot, ministro de Napoleón en vísperas de la revolución de 1848: “La legalidad nos mata”. Tal ironía, le rinde honor a lo escrito por Marx y Engels en su obra, La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850: “los partidos del orden, como ellos se llaman, se van a pique con la legalidad creada por ellos mismos. Exclaman desesperados, con Odilon Barrot: la légalité nous tue”.

Por lo dicho, vale la pena recordarle al señor Duque que la separación de poderes fue una conquista lograda por la otrora burguesía revolucionaria en su lucha contra el oprobioso régimen monárquico y feudal del Ancien Regime, el cual pareciera añorar con nostalgia nuestro presidente cada vez que atenta contra la independencia de las demás ramas del poder. 

Por lo visto, Duque no es precisamente un seguidor de las ideas que identifican las repúblicas democráticas, pareciera preferir las tesis absolutistas

La separación de poderes, que rige actualmente en nuestra constitución, fue una construcción teórica de la ilustración, movimiento que preparó ideológicamente el advenimiento de un nuevo Estado a la cabeza de una nueva clase social. Entre la pléyade de ideólogos burgueses, destacó Charles Louis de Secondat, más conocido como Montesquieu, quien en su prominente obra El espíritu de las leyes, escrita en 1748, describió las distintas formas de gobierno y postuló como característica del modelo republicano la división de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Por lo visto, Duque no es precisamente un seguidor de las ideas que identifican las repúblicas democráticas, pareciera preferir las tesis absolutistas de Jean Bodin, aquél que defendía la autoridad centralizada e ilimitada de los monarcas en el siglo XVI. De ello da cuenta el ejercicio omnímodo del poder del que ha hecho gala el presidente por estos días.

Resulta impresentable que lo descrito ocurra en medio de la conmemoración de los 201 años de la Batalla de Boyacá, proeza en la que hombres y mujeres dieron la vida por abolir el absolutismo de los realistas españoles. El presidente cubre de ignominia nuestra historia republicana al replicar un despotismo semejante al del virrey Sámano.

La autocracia que distingue al presidente termina de confirmarse con el acaparamiento de las entidades de control

Y causa aún más deshonra que con la venia de Iván Duque la embajada norteamericana y el vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, hayan solicitado la libertad de Álvaro Uribe, haciendo expresa la consabida intromisión de esa potencia extranjera en los asuntos internos del país. Y es particularmente grave que en esta ocasión la injerencia hubiese tenido la clara intención de socavar la autonomía de la rama judicial.

La autocracia que distingue al presidente termina de confirmarse con el acaparamiento de las entidades de control. El gobierno de la mano de sus mayorías en el Congreso, logró eliminar hasta sus cimientos el sistema de pesos y contrapesos —característica de cualquier democracia moderna— y con ello concentró el poder ilimitado del “monarca presidente”.

Ante la constante vulneración de la separación e independencia de los poderes públicos y el menosprecio por nuestra soberanía nacional, es preciso exigirles a Duque y a su séquito, que respeten la constitución, la institucionalidad de la que tanto alardean, y que honren las ideas que tanto encumbran los partidos que como el suyo, se autodenominan democráticos.

A %d blogueros les gusta esto: