La columna con la Antonio Caballero se suma a la defensa de los árboles de Bogotá

Lea gratis "Alamedas imperiales"

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Una interesante columna de Antonio Caballero muestra cómo la imperiosa necesidad del alcalde Peñalosa por uniformar las calles de Bogotá para intentar asemejarla a la París de su juventud, lo ha llevado al absurdo y a despertar la indignación ciudadana

Una interesante columna de Antonio Caballero muestra cómo la imperiosa necesidad del alcalde Peñalosa por uniformar las calles de Bogotá para intentar asemejarla a la París de su juventud, lo ha llevado al absurdo y a despertar la indignación ciudadana. Han vuelto a Chapinero, y a otras partes de la ciudad, los buenos vecininos, que como Santiago Aparicio, Sebastián Rojas o Carolina Sanín, han encontrado en la defensa de los árboles de sus calles una razón para unirse y buscar incidir de manera positiva en la ciudad.

Para que cualquier bogotano pueda leerla gratis, a continuación reproducimos la columna publicada por la Revista Semana y algunos elementos para el contexto.

Alamedas imperiales

Por Antonio Caballero, Revista Semana

SALIMOS HACE AÑOS DE LAS ARLEQUINADAS DE Antanas Mockus, que decidió que la alcaldía de Bogotá era demasiado poco para su talento histriónico y se lanzó a ser presidente de Colombia y papa de Roma. Salimos de las borracheras de Lucho Garzón y del saqueo de Samuel Moreno y los primos Nule. Y nos cayó Gustavo Petro con su lucha de estratos y su catastrófica ineptitud administrativa.

Por lo cual un tercio de los bogotanos concluyó que nuestro alcalde debería ser otra el delirante Enrique Peñalosa, el imitador del emperador Nerón que incendio a Roma para dejarla más bonita. La carrera 15, por ejemplo. ¿Recuerdan ustedes que Peñalosa prometía que iba a ser igualita a los Campos Eliseos de París? No creo que él mismo lo recuerde. Véanla ahora, peligrosa y sucia, talada de sus árboles, en donde los pocos que subsisten están circundados por un tapete de falso césped sintético de plástico que ya está negro de mugre. Pero es que a Peñalosa le gusta el plástico. En él no se crían pájaros (aunque si cucarachas).

Sigue siendo París su modelo: esos “renders” arquitectónicos que publicó en internet mostrándonos el para entonces anunciado, gracias a él navegable río Bogotá: un río majestuoso como el Sena a su paso por País o el Neva por San Petersburgo, según Peñalosa dos veces mas ancho y más profundo que el actual caño de alcantarilla que tenemos, que avanzará limpio y transparente por entre amplias alamedas y bajo bellos puentes de piedra, surcado por veleros de placer, visitado por pescadores de caña, flanqueado por terrazas de cafés al aire libre bajo un cielo siempre azul.

Y ahora le ha dado además por talar todos los árboles de Bogotá, porque no son de su gusto. Los hay, para él, de demasiadas clases, de muy heterogéneas frondas. Y él quiere algo homogéneo como en San Petersburgo o en Paris: solo castaños allá, o sólo plátanos solo plátanos, y aquí en Bogotá, solo liquidámbares (una especie tan foránea como las especies que, por el imbécil argumento que son foráneas, como casi todos nosotros en Colombia, imbécilmente condenan a la destrucción: eucaliptos, pinos, y -si se atrevieran- mangos, guayabos, cocoteros…). O solo robles. ¿O si no, qué? ¿Arbolitos de hojalata como los que la vicepresidenta nicaragüense doña Rosario Murillo de Ortega ha instalado en las calles de Managua?

Dicen los funcionarios del Distrito lo que su jefe Penalosa les pide son “alamedas imperiales”, como sacadas de las composiciones musicales del barroco vienés. Dice el alcalde: “Amo los árboles: quiero una ciudad bien arborizada”. Y añade, sin sonrojo: “Hemos sembrado decenas de miles de árboles”. Sin añadir, o restar, cuántos han tumbado, ni cuántos más piensan tumbar. En la sola adecuación de la carrera Séptima para que por ella quepan los buses de Transmilenio que Peñalosa pretende meter con calzador, nada menos que 1.565 “individuos arbóreos”. Que es como llaman, con fingido cariño, a los que van a matar. El 80 por ciento ale los árboles que le dan sombra a la Séptima.

Y no es solo la Séptima. Es toda la ciudad. Por haberlos visto con mis ojos en la carrera Novena carrera, desale la calle 72 en adelante y a lo largo del Gimnasio Moderno, ya Peñalosa mandó talar todos los falsos pimientos: gruesos árboles de más de medio siglo de existencia, de gruesas ramas retorcidas como los brazos y las serpientes de márbol de la escultura helenística del Laocoonte. Árboles que, por orden del alcalde, están siendo reemplazados por tiernos robles que serán imponentes dentro de ochenta o cien años. Lo cual no está mal: pero es que los pimientos destruidos, cuyos tacones muestran que estaban perfectamente sanos (al contrario de lo asegurado por el alcalde y los adláteres del Jardín Botánico), eran ya imponetes hoy mismo. Han talado también en el Bosque San Carlos del Sur, en la calle 61 sur con carrera 13. Y en el extremo norte, en el canal El Cedro de la calle 68. En el Parque Bavaría de la 94 debajo de la carrera séptima. Dice el alcalde Peñalosa que todos los árboles derribados serán sustituidos ventajosamente por otros más bonitos, que el llama “superfinos y superfivinos”, y que los condenados a la desaparición lo han sido por feos o enfermos: “por bifurcación basal” (que son los que tienen más de un tronco); o por tener “ramas secas” o por “daño mecánico”; o por “asimetría de la copa”; o por “presentar insectos”; o por, en fin, por “interferir con el plan de renovación paisajística” decidio por el señor alcalde. Y así han talado (al amanecer para que los vecinos no protesten) jazmines, pinos romerones, cajetos, falsos pimientos, eugenias y, naturalmente, eucaliptos. El plan de renovación paisajística consiste en dejar vivos solo los liquidámbares. En el parque del Japón, donde Peñalosa queire cosntruir dos mini canchas de fútbol con hierba sintética, derribando cerezos, eucaliptos, guayacanes que estorban (no hay nada que Peñalosa identifique más con el amor del pueblo que las canchas sintéticas de fútbol: para los albañiles de la construcción).

En el norte rico de la ciudad hay gente que se opone; el caricaturista Vladdo, el historiador Jorge Orlando Melo, la escritora Carolinas Sanín, el periodista Eduardo Arias, los redactores del periódico chapineruno El Chapín, el arquitecto Jaime Ortíz Mariño, la directora del Instituto Humbolt Brigitte Baptiste. Y en el Concejo hubo un debate, y en la Cámara protestaron los represnetates por Bogotá Juanita Goebertus, Inti Asprilla y Maria José Pizarro.

Pero que se enfrente a ellos, motosierra en mano, Laura Mantilla, directora del Jardín Botánico del alcalde Peñalosa.

A ver quién gana.

¡No más talas! Gritaron los bogotanos en redes

Los árboles de la Novena

Los vecinos de Chapinero dejaron el claore mensaje al alcalde de que no acepatrán más talas indiscriminadas y que participarán en los planes de renovación paisajística, generando todo un movimiento ciudadano que terminó en la solicitud de suspensión de la tala por parte de la Personería.

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