La estrategia de Duque para que no se hable del Plan Nacional de Desarrollo

Ricardo Silva, una de las mejores plumas de Colombia, escribió en su habitual columna para El Tiempo una importante reflexión a propósito de las objeciones de Iván Duque a la ley estatutaria de la JEP, asegurando que estas empujan al país de regreso a la época del plebiscito.

En referencia al ruido que produce esta jugada del Presidente, Silva señala que distrae al pueblo colombiano de otros asuntos como el Plan de Desarrollo, al que gradúa de delirante.

A continuación, reproducimos la columna completa.

Ruido

Por Ricardo Silva Romero @RSilvaRomero, El Tiempo

21 de marzo 2019

Los políticos inventaron el ruido. Corrijo: los “políticos” entre comillas, los politicastros, los politiqueros maquiavélicos e ineptos. Se le puede ir a uno la vida indignado por los futuros que nos prometen en vano, enardecido por sus arengas veintejulieras plagadas de mentiras, representado, o sea asaltado en su buena fe, por tantos representantes de sí mismos. Se le puede ir a uno el mes, paranoico e ingenuo a la vez, haciéndose preguntas con vocación de respuestas: ¿usted de verdad cree que Duque, un presidente al fin y al cabo, soltó sus seis objeciones a la ley estatutaria de la JEP “por la unidad del país” y “sin saber qué se vendría”? Se le puede ir a uno la semana atrapado en otra guerra de hashtags: #UribeesnuestroChávez versus #Uribeesmipastornadamefalta.

Pero también puede uno negarse a que esos guías extraviados le gobiernen la cabeza.

Yo no respondo los mensajes injuriosos que me llegan –porque es perder el tiempo y morder la carnada–, pero esta semana, convencido de que lo que nos ensordece y nos chifla es el ruido de los políticos falaces, me puse en la tarea de contestarles a los lectores que tuvieron el valor de firmar sus calumnias. Y después de esas correspondencias, que condujeron a la amabilidad y a la conclusión de que quizás yo sí soy una persona y quizás no estoy del lado de las Farc y quizás sí opine lo que opino de buena fe, no solo fue claro que cada día tenemos menos tiempo para desmontarnos los prejuicios, sino que antes, cuando no había redes ni grupos de WhatsApp para empelicularse, era más fácil que nos bastara con que los demás fueran amables y cumplieran la ley.

Pienso que este gobierno repentino, que ha perdido tantas oportunidades de reunirnos, se la ha jugado por el ruido que reagrupa sus fuerzas.

Se le puede ir a uno la vida reuniendo pruebas de que esto no es serio: titulares como ‘Mamá de Claudia Gurisatti va por Colombia Humana a la alcaldía de Buga’ o ‘Patricia Casas, ¿de exesposa de Hollman Morris a candidata por el Centro Democrático?’ son monumentos ridículos a un pragmatismo sin tripas, sin convicciones, que tendría que librarnos de la violencia. No nos ha sido nada fácil dar aquí en Colombia con gobiernos que logren lo obvio: primero, que la gente pueda vivir; segundo, que la gente pueda convivir; tercero, que la gente pueda trabajar. Y, después de doscientos años de estafas documentadas, tendríamos que tener claro que la confiabilidad de cualquier político criollo es inversamente proporcional a las veces que cite a Bolívar o ataque a la prensa o enlode a las cortes.

Pero sigue siendo común que, encandilado por las retahílas de cualquier caudillo, un colombiano se permita violentar a otro en nombre de lo que se supone que piensa.

Fue el senador Antanas Mockus quien, luego de enterarse de que los partidarios de sus contendores estaban burlándose de los tics de su mal de Parkinson, grabó un video paródico con un perrito tembloroso de aquellos que ponen en los tableros de los carros: “Apiadémonos un poco unos de otros”, pidió, al día siguiente, con el humor que pone en su lugar a los farsantes. De verdad creo, sin agendas ocultas, sin pasados pendientes, sin ansias de poder, sin contratos con gobiernos, sin ideologías diferentes al sentido común o la exasperación o la empatía, que si nos libráramos de la cortina de ruido tejida por los politiqueros no solo nos quedaría difícil odiarnos como ahora –por cualquier cosa: porque no odiamos con el mismo odio a las antiguas Farc–, sino que tendríamos, de paso, gobiernos que gobernaran.

Pienso que este gobierno repentino, que ha perdido tantas oportunidades de reunirnos, se la ha jugado por el ruido que reagrupa sus fuerzas.

Pero aclaro de una vez que si hiciéramos un minuto de silencio por nosotros mismos, estaríamos mucho más preocupados –por ejemplo– por su Plan de Desarrollo delirante.

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