Los árboles de la Carrera Séptima II

No la tienen fácil los jóvenes y los árboles, ambos amenazados por el cambio climático y por proyectos de Peñalosa como la troncal de TransMilenio por la Séptima.

Como dijo una amiga, quedé iniciada con el tema de los árboles. En el primer artículo ubiqué al lector alrededor de los elementos fácilmente cuantificables del arbolado de la Carrera Séptima de Bogotá. Giró alrededor de cifras, porcentajes y rangos, es decir, fue un primer vistazo de las consecuencias de lo que podría suceder de realizarse una tala generalizada al ejecutarse un proyecto estilo Troncal de TransMilenio.

En este artículo quiero enfocarme y subrayar la importancia de lo que significa un árbol y algunas de las bondades tangibles e intangibles que a diario nos entregan esos seres vivos a pesar de nuestra indiferencia, pues al parecer dentro del contexto de ciudad es suficiente saber que ellos están ahí y su destino -para muchos habitantes- poco importa.

Los árboles hasta donde sé, estaban primero que nosotros, son de los seres vivientes más viejos de la tierra y al igual que los humanos y los animales tienen su lenguaje propio.

La doctora Suzanne Simard de la Universidad de Columbia Británica en Canadá y la bióloga Sussan Duley llevan estudiando más de 30 años la forma de comunicación de los árboles. Sus experiencias han demostrado que son seres que interactúan entre sí, se ayudan a sobrevivir, hablan un idioma común, se apoyan y tienen conciencia de grupo. Por su lado, el doctor Stefano Macuso, profesor de la Universidad de Florencia con más de 10 años de investigación en neurobiología vegetal, asegura que los árboles son seres inteligentes y son capaces de resolver problemas. Hay más detalles importantes e interesantes, pero solo menciono estos con el objetivo de que aquellos que esperan poca cosa de un árbol, entiendan que su presencia va más allá del adorno para algunos o del estorbo para otros.

La medición y cuantificación de los beneficios de los árboles es relativamente nueva. Inició en el año 2000. Hoy en día los expertos clasifican las funciones de estos seres vivos desde lo ecológico hasta lo económico y de lo estético a lo social. En ese sentido, presento a continuación los beneficios de los árboles urbanos según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura –FAO-:

En materia ambiental, un árbol puede absorber hasta 150 kg al año de dióxido de carbono -CO2- y en consecuencia mitigar el cambio climático. A su vez, los grandes árboles de las ciudades son excelentes filtros para los contaminantes urbanos y las pequeñas partículas, porque estas se quedan en el follaje y la corteza, evitando que lleguen a los pulmones. Estos seres vivos bien ubicados pueden bajar la temperatura del aire entre 2 y 8 grados centígrados y proporcionan hábitat, alimento y protección a plantas y animales aumentando la biodiversidad urbana.

Otros expertos también mencionan que contribuyen a la reducción de los vientos en un 50%, de las emisiones radioactivas y del ruido en 15 decibeles.

Sobre los aspectos sociales, la FAO dice que pasar tiempo cerca de los árboles mejora la salud física y mental, aumenta los niveles de energía, y disminuye el estrés y la presión arterial, porque gracias a la introducción de vegetación, el aire mejora y esto repercute en la salud. Por otro lado, la aplicación del paisajismo -especialmente con árboles- puede incrementar el valor de un inmueble en un 20%. Se ha comprobado que los precios de las viviendas son más elevados en las cercanías de árboles urbanos: por ejemplo, un 5% más en Hong Kong (Webb, 1998) y en la ciudad finlandesa de Salo (Tyrvainen, 1999) y hasta un 18% más en los Estados Unidos (Morales, Micha y Weber, 1983). Además, aportan belleza por su diversidad de formas, colores, alturas y texturas.

En general los árboles tienen múltiples usos y funciones que van de lo productivo a lo ecológico y cultural. El atractivo libro llamado el Arbolado Urbano de Bogotá (Secretaria Distrital de Ambiente, 2010) dedica un capítulo a resaltar la importancia de los árboles en el contexto urbano, bastantes similares a los mencionados pero ajustado a nuestro medio.

En el caso de los de la Carrera Séptima, el papel descontaminador de los árboles es fundamental, pues ayudan a mitigar los impactos negativos del transporte en la calidad del aire. ¿Quién o qué contribuiría a absolver esos compuestos volátiles, gases, polvo y partículas?

El eventual sacrificio de los árboles catapultaría la ya crítica situación de la vía, catalogada como la más contaminada de la ciudad. Por su angostura y las elevadas alturas de los edificios, la Séptima es un cañón urbano y presenta el fenómeno de una isla calor, que consiste en la elevación de las temperaturas por una combinación de factores tales como la falta de espacios verdes, los gases contaminantes y la generación de calor.

¿Qué seres están en riesgo? Todas las especies de los cauchos: Benjamín, de la India y sobretodo el Sabanero, que en 1972 fue declarado árbol insignia de Bogotá y confirmado por decreto en el año 1989, por sus excelentes virtudes: es un árbol que alimenta a las aves, fortalece el suelo, crece con rapidez, es resistente a la contaminación, vive más de dos siglos y su configuración a manera de gigante parasol, crea espacios muy gratos dentro de la ciudad, según la Fundación Cerros de Bogotá. El Sistema General de Arbolado Urbano -SIGAU-, registra que hay plantados entre la calle 32 y la calle 200, 740 cauchos de diferentes especies, sobresaliendo el Sabanero. Eso significa el 40% del total 1.945 de árboles plantados en los andenes y separadores de la Carrera Séptima.

Otra especie afectada sería el arbusto Eugenia, que representa el 13% de lo plantado. El Eugenia es ornamental, frondoso y resistente a las plagas, y fue escogido principalmente por su rápido crecimiento. También serían tocadas las Acacias (morada, japonesa y negra) que corresponden al 9%, el Uruapan fresno (8%) y las especies de Eucalipto (6%).

En esta ciudad de vertiginoso crecimiento, si el proyecto de Peñalosa de llenar la Carrera Séptima de cemento llegara a convertirse en una realidad, y con este el sacrificio de los pocos árboles plantados sobre esta vía, habría un mayor y acentuado deterioro urbano, aumentarían los problemas ambientales de la zona y los perjuicios para la salud humana, y serían incontables las pérdidas económicas y sociales y los daños al ecosistema. Primero van los BRT, segundo los BRT, tercero los BRT y por último las personas y los árboles.

No creo que exista planificación del arbolado urbano en términos de calidad de vida, sobre todo para el sector al sur de la calle 100 donde la vía es tan estrecha y se construirán según los diseños largas y estrechas estaciones, amplias vías y estrechos andenes. ¿Dónde cabrían los árboles en este sector? Y de la 100 al norte, ¿talaran árboles majestuosos como el gigante y anciano eucalipto de la calle 109?

Quiero resaltar del libro mencionado atrás las siguientes palabras de la editora Patricia Jaramillo Martínez: “La sobrevivencia de los habitantes de Bogotá, es decir, tuya y mía, está determinada por la calidad ambiental y esta a su vez por las zonas verdes que hacen parte del espacio privado, del espacio privado de uso público y del espacio público de uso público, que están conformadas por pastos, jardines, arbustos, palmas y árboles”.

Para finalizar, debo decir que abrigo la esperanza de que a muchos de ustedes le resuene la importancia de los árboles en la vida de cada uno, y de pronto, empiecen a cambiar de percepción y de actitud respecto a los servicios que nos dan. Pienso que parte de la herencia ejemplar de nuestra sociedad, aún a pesar de las grandes, profundas y oscuras grietas que sufre, será dejar -a los jóvenes actuales y a las futuras generaciones- el respeto y protección que los árboles merecen. No la tienen fácil, como los árboles, están amenazados por el cambio climático y por proyectos como la troncal de TransMilenio por la Séptima.

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