María Consuelo necesita un par de anteojos (Parte I)

Llevaba diez años desde que me vine a vivir a este barrio cruzándome con una mujer de cuerpo menudo, cabello canoso y unos anteojos que a simple vista revelan que debajo de ellos se esconde una gran miopía. Muchas veces la encontré con su cara pegada a una revista que tomaba prestada del stand, ya fuera en Carulla de la 63 o en el Éxito de la Séptima con Calle 60 en pleno corazón de Chapinero Central. Durante muchas ocasiones quise entrevistarla, pero cuando le hablaba no volteaba para verme. Yo seguía de largo un tanto apenado, con la sensación de haber importunado su legítimo derecho estar en silencio con su lectura. No era así. Para mi sorpresa, además de casi ciega, la mujer es sorda. Y como ella me confiesa: «de niña pensaron que era una tonta, de vieja que era extranjera. “Used no vocalizar bien, ¿qué le sucede?”, me decían». Y resulta que además de ser una lectora empedernida de las revistas, habla sobre su pasado con pasión, sabe sobre la época de la de la violencia, cita a la escritora sordociega Helen Keller, se refiere a Ingrid Betancourt como si la conociera, asocia su vida a historias de la colonización de la sierra Nevada de Santa Marta, refiere presencia de los norteamericanos de la United Fruit Company como si fuera ayer, y en su relato aparece a cada rato la figura emblemática de su padre, José María Flores Silva.   

Debo confesar que durante este año de pandemia por COVID-19 dejé de verla hasta que hoy me topé con ella de nuevo. La encontré de nuevo leyendo con la cara pegada a una revista en el stand, con la ropa descuidada, el barbijo sucio y un bolso en el que ya no lleva las lanas con que solía sentarse en el comedor a tejer, solo bolsas vacías. Me acerqué como las otras veces, le dije que quería conversar con ella y la respuesta fue la misma, mutismo. Entonces tuve que tomar la más atrevida de mis decisiones, posar suavemente mi mano sobre su hombro. Se sobresaltó ligeramente, me miró fijamente y me dijo: «Si me va a ayudar, necesito jabón, pan integral…». Ella supuso que yo debía estar hablando algo por mis movimientos de manos, pues con el tapabocas, le era imposible saberlo. Así que me señaló que era sorda. Eso lo cambió todo, tomé una servilleta y comenzamos a comunicarnos. Le escribí preguntas cortas en letra muy grande para que ella pudiera leerlas, entonces ella repetía la pregunta, se ponía las dos manos a lado y lado de su rostro, apoyaba los codos contra la mesa, se quedaba en silencio un instante y luego desmadejaba las palabras para tejer un poco esa vida que transcurre en silencio.

María Consuelo Flores leyendo. Carulla Calle 63, Chapinero, Bogotá. Foto: Edilson Silva Lévano.

A sus 75 años María Consuelo vive sola en Chapinero en una propiedad que heredó de su madre, María de Jesús Torres Castro, la viuda de un pagador de la United Fruit Cómpany que a quien conoció en una floristería de la Ciénaga Magdalena por allá en los años 30, cuando después de haber descuajado selva en la Sierra Nevada de Santa Marta, de tener dos fincas —La Cristalina, sembrada de Café, y las Delicias, sembrada en árboles frutales— se empleó como pagador en la empresa de los norteamericanos.

«Mi padre bajó de Cerro Azul a la Ciénaga y por allí se conoció con mi madre que era del Tolima y se había ido con una amiga a trabajar en una floristería de la zona (…) mi papá ya era un colono de los muchos que se fueron del interior a la Costa buscando tierras para el café».

Con la mirada visiblemente iluminada y la voz en un tono alegre me fue contando fragmentos de su pasado. Por ejemplo, recuerda que su papá nació en Ocaña, pero se crió en Bucaramanga. Era un hombre que amaba leer, «hasta poesía hacía y la gente admiraba que en plena selva él tuviera una biblioteca llena de libros, lo mismo que en Ciénaga. Lo que pasa es que la gente cree que Ciénaga es una poca cosa, pero Ciénaga era un pueblo comercial y culto. Hasta catalanes había allí».

Le hubiera gustado ser monja porque la educaron monjas en Ciénaga, pero el carácter que ella se formó por los años 40 no dio para ser monja. El de su hermana sí, pero su papá no se lo permitió.

«Usted sabe que cuando uno ve al papá leyendo uno quiere ser como él. Así que empecé a imitarlo en todo. Las monjas fueron muy inteligentes y comprendieron que yo tenía un problema auditivo y que no era tonta. También me preguntaban por qué me gustaba leer tanto. Todas ellas eran del interior del país, ninguna era costeña. Cuando ingresé al colegio carecía de educación religiosa, por dos motivos: a mi papá no le gustaban los sacerdotes porque él decía dos cosas, los problemas del país no tienen nada que ver con el clima ni con la raza. Lo que sucede es que la orientación de los sacerdotes es de extrema derecha. Mantiene a la gente así [me contaba mientras hacía  un gesto con mano] para que obedezca, de pequeños a grandes. Segundo, el otro culpable de la situación del país es el conservatismo. Esos dos tienen a la gente, mira: “no ver, no oír, no hablar”. Y claro, la gente tiene que revelarse, por eso existe el populismo y por eso existe la indisciplina social, y si uno no se defiende a la brava, no es nada. Mi papá era de esa mentalidad, librepensador. Es decir, que tenía la mente abierta. Yo lo admiraba mucho, pero tenía varios defectos. Tenía un pensamiento demasiado rebelde, demasiado beligerante, es decir, que no se controlaba. Yo lo adoraba porque él alentaba mi curiosidad, mi deseo de estudiar, de leer, al contrario del resto de la familia, que no quería que yo leyera tanto porque en esa época lo que nos decían es que las mujeres no deben ser hombres. Es decir, no deben tener mentalidad libre:“¡Ese no es su papel! ¡Su papel es la casa! ¡El hombre para el mundo, las mujeres para la casa!”. Yo era lo contrario, yo tenía ganas de saber, ganas de conocer, de superarme. Superar mi incapacidad de hablar claro, pero, sobre todo, de superar mi condición de mujer. Ser un ser humano. En realidad, después cuando conocí a las monjas, lo que yo quería era ser monja, pero con ese ambiente anticlerical de mi papá me tocó quedarme calladita. Mi otra hermana, Cecilia, me dijo alguna vez que las monjas le dijeron que ella sí tenía el temperamento para ser monja. Se lo dijo a mi papá, pero se armó el problema: “¡Si usted quiere ser monja, no le pago estudios!”. Así era él».

María Consuelo y Edilson hablando. Carulla Calle 63, Chapinero, Bogotá. Foto: Edilson Silva Lévano.

«Si me hubieran dado la oportunidad, yo hubiera podido ser religiosa o hasta trabajadora social para seguir superándome o ayudando a la gente. ¿Sabe una cosa de Ingrid Betancour?: ese debió haber sido el camino que debía haber escogido, retirarse de este país para tratar de ser ella, ella, ella.  Creo que ahora es mucho más feliz que cuando ensayaba a ser política».

«Mi papá muere en el 55, mi mamá muere en el 84 y yo quedé sola. Digamos que mi familia fueron los líderes. Con el dinero de la venta de la Cristalina y de las Delicias fue que se compró el apartamento en el que vivo. Mi hermana Cristina siempre quiso vender, pero mi mamá nunca ni yo tampoco, porque tener un predio es diferente a tener un bono. Cuando mi mamá murió, todo el dinero desapareció de las cuentas, solo dejaron 150 pesos. Don Primitivo Vallejo que era un vecino siempre me dijo que no me dejara presionar, que no vendiera. Y así lo he hecho hasta ahora».

«¿Qué es lo que más deseo? A estas alturas, 75 años, con estos dos problemas, discapacidad auditiva y cegatona… Puedo ver, pero con mucho cuidado para no caerme. Tengo mi apartamento limpio y en orden. He superado muchos problemas, si no estoy feliz estoy contenta con lo conseguido. Soy yo. Quiero vivir mis últimos años tranquila, muy tranquila, seguir superándome, para ello necesito un ámbito como la libertad, un poco de silencio y un poco de soledad. Y tratar de escribir bobadas, porque me gusta leer y escribir, como mi papá. Pero para hacer las dos cosas que más me gustan me faltan las gafas, estas, hace años que no me sirven, cada vez veo menos».

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La historia continúa, lee acá la segunda parte: ¡María Consuelo No Necesita Un Par De Gafas, Pero Sí Una Cirugía!

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