Mis cabañuelas

Entre el repertorio de composiciones de Roberto Alfonso Calderón Cujía, nacido en San Juan del Cesar, municipio de La Guajira, hay una de especial belleza que revive todos los años por estos tiempos: «Ya llega enero y estrenando el año, rostros alegres de esperanzas sueñan…», dicen los primeros versos de “Cabañuelas”, pieza en vallenato que volvieron famosa los Hermanos Zuleta. Calderón hace una simbiosis entre las variaciones del clima con el regreso de su adorada, a quien aún está esperando. Las cabañuelas se definen como «un conjunto de métodos tradicionales de predicción meteorológica utilizados en el centro y sur de España y en América (…) Se trata de evaluar el comportamiento de las lluvias y el clima en los 12 primeros días del año (…) En Colombia desde el día 1 al 12 de enero se cuentan los meses en orden ascendente, es decir, el clima del día 1 representa el de todo el mes de enero, el 2 representa el clima de todo febrero y así consecutivamente» (Wikipedia). 

Un símil entre las cabañuelas y los acontecimientos que les esperan a los colombianos en este 2021 es tan previsible que es posible realizar una lista de especial interés: la pandemia de la COVID-19 cerró el 2020 con 43.213 muertos y 1.642.775 contagios, ocupando las posiciones doce y once respectivamente entre 191 países, es decir, entre los que peor han gestionado la letal enfermedad. Se prevé que la situación seguirá peor, pues el Gobierno nacional no armoniza el derecho a la vida con la actividad económica, mientras que con un aparato productivo arrasado por las importaciones la mano de obra se ve obligada a salir a rebuscarse en la informalidad. El “sálvese quien pueda” es una realidad. Otra cabañuela indica que el cambio climático seguirá cobrando todo tipo de víctimas. Una tercera son los asesinatos de líderes y las masacres, una “limpieza colectiva y desplazamiento”, cuyos autores actúan en la impunidad. La cuarta es la corrupción que permea a los sectores público y privado, hasta el punto que el honrado es un “pendejo”. La quinta es la impunidad (sin esta las dos anteriores serían imposibles). La sexta es el “tapen, tapen”: en boca cerrada no entra mosca. La séptima son las alzas: los sueldos suben por escalera y los precios y tarifas de bienes y servicios de primera necesidad, en ascensor. La octava es la reforma tributaria, entre otras imposiciones de la OCDE, con la que se garantiza el modelo y el pago de la deuda externa. La novena es el estancamiento de la economía: «No entiendo por qué lado la economía pueda crecer a tasas del 5 %, hay que ser muy iluso para hacer semejante apuesta», dice el analista Aurelio Suárez. La décima indica que ante los compromisos en los TLC y la OCDE, el país seguirá inundadose de productos que en su mayoría deberíamos seguir produciendo en Colombia. La once es la agudización del debate ideológico, pues es el año preelectoral que decidirá la suerte del país. Pero todo no será malo; las anteriores estarán permeadas por la cabañuela doce, que son las protestas sociales pacíficas, que exigirán mejores condiciones de vida, empleo digno y derechos fundamentales universales y de fácil acceso. 

Las cabañuelas abren el camino a una Colombia Digna, proclama que se pondrá de moda, uniendo a productores del campo y la ciudad, empresarios, profesionales, clase obrera, estudiantes, etnias y otros grupos poblacionales, o sea, a más del 90 % de los colombianos, para el añorado cambio. ¡Cabañuelas de amor, adiós dolor y qué llueva!

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