Qué es el neoliberalismo y quiénes son los neoliberales

La mayoría de las palabras que componen nuestro léxico tienen más de un significado. De este problema nacen, por un lado, errores involuntarios y, por otro, manipulaciones adrede. A estas últimas, Copi y Cohen las clasifican en su Introducción a la Lógica como «falacias de ambigüedad» o «sofismas». Por ejemplo, que el fin de una cosa sea su objetivo y la muerte sea el fin de la vida, no significa —de ninguna manera— que la muerte sea el objetivo de la vida.

El neoliberalismo es un proyecto aplicado que debe estudiarse en la práctica.

“Neoliberal” es un adjetivo ambiguo. Puede servir para designar tanto lo perteneciente o relativo al neoliberalismo como a quien es partidario del neoliberalismo.  Por si fuera poco, hace referencia en ambas acepciones a un sustantivo sobre el cual también hay debate. La RAE considera al neoliberalismo una «teoría política y económica», Josep Stiglitz dice que es sólo una ideología y Alberto Garzón llega a admitir que «es también la configuración resultante de aplicar un determinado tipo de políticas, las que fueron inspiradas por aquella ideología». David Harvey tacha todas esas posiciones de idealistas y señala que el neoliberalismo es un proyecto aplicado que debe estudiarse en la práctica. Tiene razón, pues las ideas, teorías y convicciones relacionadas con el neoliberalismo emergieron como justificante de las necesidades económicas de unas clases sociales para mantener su hegemonía. El neoliberalismo, podríamos decir, tiene ideología. Una ideología terrible, que degrada a las sociedades a las que permea, pero que sólo existe al servicio de la forma de gobernar que hoy impera en el mundo: no es su causa sino una consecuencia necesaria.

Tanto el Estado colombiano como los gobiernos nacionales desde 1990 están al servicio del neoliberalismo aplicado.

Cuando se celebraron los 20 años de la Constitución Política, los pensadores críticos y democráticos debatieron sobre el carácter neoliberal de dicha norma. El Dr. Rodolfo Arango como otros defendió la idea de que la Carta era económicamente neutral y que la determinación del modelo económico correspondía al gobierno nacional de turno. Al poco tiempo, la introducción al rango constitucional de la regla de sostenibilidad fiscal, que encierra los derechos sociales en la cárcel del papel he escrito, zanjó toda duda: tanto el Estado colombiano como los gobiernos nacionales desde 1990 están al servicio del neoliberalismo aplicado.

Nadie se atreverá a decir que los 50 millones de colombianos somos neoliberales por ser pertenecientes o relativos al mentado Estado. Pero sí hay quienes, valiéndose de una falacia de ambigüedad y con fundamento en lo antedicho, les ponen ese adjetivo de forma arbitraria a algunos colombianos, como por ejemplo a la alcaldesa de Bogotá. ¿Se le debe llamar neoliberales a todos los que gobiernen entes territoriales por tener que hacerlo con apego a las normas de un ordenamiento jurídico que es neoliberal? ¿A todos gobernantes regionales electos por voto popular en la historia del país, porque todos han estado sometidos a la superioridad jerárquica de presidentes abiertamente neoliberales? Responder que sí a las preguntas anteriores implicaría o bien que el término no tiene utilidad para el análisis de la política al nivel descentralizado (¿ni nacional?), o bien que todos quienes somos enemigos del neoliberalismo deberíamos dejar de gobernar las ciudades y departamentos (¿y el país?) hasta que cuando nos rija un modelo distinto.

Neoliberal no es aquel que ejerce su función en un Estado neoliberal, sino aquel que es partidario de esa configuración macroeconómica y escoge seguirla en los aspectos en los que podría resistirse.

Quienes utilizan ese sofisma selectivo contra Claudia López son conscientes de que un alcalde neoliberal no es aquel que ejerce su función en un Estado neoliberal, sino aquel que es partidario de esa configuración macroeconómica y escoge seguirla en los aspectos en los que  podría resistirse. Lo saben y lo ocultan, cegados por el sectarismo y los intereses electorales. Como la falacia es débil la complementan con otra más grave, que le lava la cara al modelo, al Estado y al gobierno: repiten como loros que la alcaldesa es «ideológicamente neoliberal» mientras la realidad práctica del gobierno de Bogotá los golpea en la cara. Aún así siguen siendo fanáticos del adjetivo y se niegan a ver que la política son las acciones y que los verbos comunes a todas las definiciones de neoliberalismo son desregular, privatizar y reducir el gasto.

La alcaldesa no ha conjugado ninguno de los tres.

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