Pandemia como excusa

Felipe Arango, Bogotá, abril 6 de 2020

La pandemia sanitaria y humanitaria que sufre el planeta nos enfrenta a circunstancias no inéditas. No es el caso hacer un detallado recuento histórico de la manera como las potencias mundiales y los gobiernos subordinados a ellas han enfrentado crisis anteriores como las pestes, las depresiones económicas, las guerras mundiales, y demás catástrofes naturales o inherentes al capitalismo y a su expresión más “reciente”, el neoliberalismo.

Con la finalización de la productividad del esclavismo, se promulgó un programa sistemático de  recolonización y reparto del continente africano, amparado en la doble moral supuestamente humanitaria de que todos los hombres eran iguales. La primera guerra mundial institucionalizó ese reparto y, con el surgimiento de EEUU como la nueva gran potencia mundial, se procedió a redistribuir todas las regiones de interés a nivel global. La segunda guerra mundial, única manera como los países capitalistas lograron salir de la gran depresión, sirvió para rediseñar un nuevo mapa geopolítico e instaurar una “cortina de hierro” para aislar a la Unión Soviética. El despreciable ataque a las torres gemelas sirvió como excusa para la nueva invasión a Afganistán y para derrocar los regímenes libio e iraquí, apropiarse de recursos naturales estratégicos, e incrementar el control geopolítico mundial de los EEUU.

El infarto de Wall Street abrió el camino para que, mientras se despojaba a miles de familias de sus propiedades, se invirtieran recursos públicos para el rescate de los grandes bancos, y continuar con la especulación mundial a través de los “hedge funds”. Cada crisis y cada catástrofe es utilizada como excusa para incrementar el control de capital financiero monopolista y de las grandes transnacionales, mientras se ahonda la expoliación de las naciones y de los trabajadores a nivel mundial.

El COVID–19 sirve ahora como excusa para amenazar a naciones como Venezuela e Irán, violando la soberanía de los pueblos, la coexistencia pacífica y el derecho internacional. También sirve de mampara para la nueva repartición de los recursos naturales mundiales, ampliar la especulación financiera, rediseñar los mercados, reforzar los monopolios productivos, lavar dineros, controlar el mercado de las drogas, y aumentar el control de las redes y la información y, por ende, sobre el conocimiento, el saber, la información y la cultura.

Nuestros sumisos gobiernos siempre han sido obsequiosos con el capital extranjero y respetuosos con las políticas mundiales trazadas desde el norte. La actual pandemia no es una excepción. La inventiva autóctona acata y emula; paragonando a Marx, nuestros dirigentes aparecen primero como tragedia y luego como farsa. Nuestra política internacional se supedita a las órdenes provenientes de EEUU: implementamos embargos, hospedamos bases militares y, ahora, con la excusa de oponerse al tráfico de drogas, Colombia, un país que exporta el 80% de la cocaína mundial participa en ejercicios militares intimidatorios junto a EEUU un país que consume el 70% de la misma y en el cual se concentran y lavan los dineros de su tráfico, para golpear el derecho de Venezuela a la autodeterminación y la independencia.

La pandemia del Covid 19 se presentó en el momento en que el gobierno colombiano profundizaba sus políticas de total desregulación y miserabilización de la vida y el trabajo de los colombianos (reformas laboral y pensional, el Paquetazo de Duque, la OCDE y el FMI), lo que ya había suscitado la justa y airada respuesta del Paro Nacional; con un sistema de salud privatizado, lo que hace muy difícil el enfrentamiento de la pandemia, y con unos índices de desempleo e informalidad laboral sin parangón en la historia de nuestro país, lo que le ha posibilitado a nuestro presidente, permanecer en las pantallas posando de benefactor, mientras en las calles se ve a miles de habitantes exponiéndose a ser contagiados porque se han quedado sin vivienda y sin pan.

Y en nuestro sector, la cenicienta de la economía, las políticas de cambiar los estímulos por “préstamos”, profundizar la Economía Naranja, agravar la penuria de los creadores, negar las pensiones y cambiarlas por BEP, feriar los espacios triple A de la televisión nacional, otorgar todos los beneficios del espectro electromagnético a las OTT, etc. continuaban campantes. La necesaria cuarentena y la “emergencia” decretada por el gobierno nacional, antes que, para enfrentar la pandemia, le han servido para terminar de desmontar las obligaciones del Estado frente al arte y la cultura y para implementar sus políticas como se evidencia con el Decreto 516 del 4 de abril que disminuye al 20% la cuota de pantalla de las producciones nacionales en los canales nacionales y regionales. Los gremios de la producción y el gobierno mismo continúan señalando la necesidad del trabajo por horas, la eliminación de los parafiscales, la reforma pensional, y toda la política de mercantilización del arte y la cultura y de entrega del patrimonio cultural.

La actual crisis requiere, sin duda, de medidas de emergencia pero no para salvar a los bancos y los grandes monopolios, como ya se viene implementando, sino para atender las necesidades primarias de la población. Es fundamental apoyar la industria, la agricultura y la productividad nacionales, garantizando, así, empleo, alimentos, salud, educación y demás bienes de primera necesidad, incluida la CULTURA. Para todos estos rublos ,y para la población en general, se deben destinar recursos que aseguren la continuidad de su producción y el acceso a los mismos.

Las medidas de emergencia no pueden convertirse en una cortina de humo tras la cual se continúen promoviendo políticas antidemocráticas y antipopulares. La cuarentena nacional y mundial no puede convertirse en herramienta y excusa para implementar el trabajo precario, tercerizado, por horas y sin seguridad social; la educación no presencial, a distancia, el desfinanciamiento del SENA y las cajas de compensación, eliminando  los parafiscales, todas políticas que ya venía adelantando el actual gobierno y contra las cuales se movilizó masivamente el pueblo colombiano en el paro nacional del 2019.

Ahora, amparados en la “digitalización” de la vida y el trabajo, promueven estas lesivas políticas camuflándolas como democratización, pero, advirtiendo de su posible colapso, se aprovecha para coartar la libertad en las redes, mientras que a las OTT (Over The Top), las empresas monopolistas transnacionales de la información y el entretenimiento como Amazon, Claro, Netflix, HBO o Disney, no se les exigen contraprestaciones y se las deja en la total libertad de controlar los contenidos y la información.

Para solventar el problema de las pymes culturales, de los gestores, de los técnicos, de los teatros, de la danza, la música, los plásticos, escritores y todos los artistas y trabajadores de la cultura, sometidos a cuarentena y sin posibilidad de producir o comer, ya no digamos de endeudarse, se les sugiere acceder a nuevos, créditos “blandos”, exactamente la modalidad de financiación que ya venían promoviendo con la economía naranja. Se promueven programas de aprendizaje digital para ver si, ahora si, son capaces de competir con las OTT que controlan el 99% del movimiento en las redes.

Los recursos de destinación específica se transforman en la panacea para su sobrevivencia, mientras el Estado no destina recursos DIRECTOS para que puedan continuar laborando y cubriendo sus necesidades básicas. Como solución al desamparo y la falta de seguridad social, se les subscribe a programas aleatorios como Colombia Mayor o los Beneficios Económicos Periódicos (BEP), políticas promovidas en el Plan Nacional de Desarrollo, con la intención de acabar con el derecho constitucional a las pensiones.  Los pírricos estímulos se reducen, se convierten en pasantías o incluso planes de endeudamiento. El Fondo Fílmico, con el cierre de las salas de cine ve desaparecer sus recursos y se propone como solución disminuir la presentación de cortos nacionales.

La pandemia se convierte así en la excusa para continuar con las medidas antipopulares que ya venía implementando el gobierno, desamparando a la industria, la agricultura, la CULTURA y toda la producción nacional, mientras se continúa auxiliando a las grandes financieras y a los monopolios nacionales e internacionales.

Las tibias políticas asistencialistas se han convertido en la mampara para continuar con la entrega de la soberanía y enriquecer a los más ricos, mientras que el pueblo colombiano resta en casa amedrentado y se le recrimina por exigir sus derechos, pues este es el “momento de la solidaridad”. Históricamente el pueblo siempre ha sido solidario, pero no ingenuo, por lo que seguirá exigiendo soluciones reales a sus necesidades y un mínimo respeto a su inteligencia. El peor escenario que podemos ayudar a crear es estimular la ilusión de que el gobierno va a apoyar a la población y a los artistas y la cultura. Lo que los pueblos no han conseguido con la lucha no lo han conseguido jamás.

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