Paro Nacional: el despertar de la revolución cultural

El 21 N es de esos días históricos que solo terminamos de comprender con el paso del tiempo. Ese día y los que le siguen muestran que la sociedad colombiana cambió. Algo se quebró. Por primera vez en décadas el hastío contra la corrupción y contra un gobierno que solo piensa en los intereses de los banqueros y las grandes compañías multinacionales fue superior a la indiferencia, la apatía y el individualismo que esa misma clase dirigente se ha encargado de sembrar en la profundidad de nuestra conciencia colectiva.

Millones de personas de los más diversos sectores salimos a las calles en todo el país, en ciudades capitales y en cientos municipios, e hicimos los cacerolazos en rechazo al Paquetazo de Duque, que ceñido a la OCDE, incluye reformas tributaria, pensional y laboral en grave perjuicio de la gente y en exclusivo beneficio de los Supermegarricos, de los fondos privados de pensiones, las trasnacionales y el capital financiero internacional. También exigimos el cumplimiento de los acuerdos de paz y la protección a los líderes sociales. Las multitudinarias movilizaciones lograron el respaldo del 74% de los colombianos (Galup Poll). Y vale destacar el acierto del Comité Nacional de Paro en sus 13 reivindicaciones, su llamado pacífico, su labor pedagógica y la inclusión de nuevos sectores, comité que Duque, de manera obtusa, se ha negado a reconocer como interlocutor válido del descontento.

Jóvenes de todos los orígenes han estado exigiendo durante las dos últimas semanas su derecho al futuro. Mujeres empoderadas que reclaman su merecido espacio en todos los ámbitos de la sociedad en condiciones de igualdad y seguridad. Indígenas, afros, raizales y todas las expresiones de nuestra enorme diversidad que demandan su derecho a ser escuchados. Maestros, trabajadores y campesinos pidiendo respeto a sus derechos laborales y a los acuerdos logrados con el esfuerzo de sus movilizaciones. Millones de informales y clases populares demandando sus derechos más elementales a educación, salud y pensión. Y, quizá uno de los factores diferenciales de estas protestas, una clase media masiva, asfixiada por el alto costo de vida y las excesivas cargas tributarias, exigiendo en la calles su derecho a una vida digna.

Las manifestaciones artísticas y culturales fueron otro de los rasgos distintivos de este Paro, que llegó para incrustarse en nuestra memoria nacional. Una gran cantidad de artistas decidieron moverse de la comodidad que genera la neutralidad y el silencio y con admirable valor salieron a ponerse del lado de su gente. La música le dio banda sonora a la protesta: la filarmónica, la salsa, el rock y el folclor de nuestras festividades incorporaron los sonidos de los cacerolazos y sus consignas, reflejando el momento que vivimos, y demostrando que es con nuestro potencial creativo y con una inmensa unidad como podemos lograr una gran corriente que conduzca al cambio. No olvidemos que toda transformación política, social y económica está precedida por una transformación cultural, y esa es justamente la que estamos viviendo.

Ante los fundamentalismos que pululan en el mundo, la resurrección del fascismo y la xenofobia, hay un despertar de conciencia que nos llena de esperanza y nos muestra un camino. Porque las masivas movilizaciones son apenas el comienzo de las grandes luchas ciudadanas que debemos librar para lograr los profundos cambios que demanda Colombia.

La revolución cultural, la del pensamiento, ha comenzado. Lo importante es no olvidar que quienes vivimos estos tiempos perdimos el miedo, y como dice el Maestro Jorge Velosa, tenemos el eco del trueno, tenemos la fuerza del mar.

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