POT, ‘zombis’ y pandemia: “La nueva realidad”

Como el urbanismo no es una ciencia exacta, aprender de experiencias es herramienta fundamental. El problema aparece cuando se insiste en aplicar lo que no funcionó en el pasado. A continuación veremos algunos ejemplos de esta insistencia en Bogotá porque análisis del nuevo (?) POT apenas comienza y debemos también comenzar a prepararnos….

Va a ser difícil encontrar una mejor ocasión para que el Plan de Ordenamiento Territorial POT de Bogotá responda a las necesidades evidentes de cambio. A no ser que en el futuro aparezca otra pandemia.  

El POT de hoy es una superposición de normas. Primero está el decreto 619 de 2000, modificado con el decreto 469 de 2003 y la recopilación del decreto 190 del 2004. Hay dos intentos de actualización: el MePOT del alcalde Petro (Decreto 364 de 2013) anulado en estrados judiciales y el POT del alcalde Peñalosa rechazado por el Concejo Distrital en 2019. Además, durante este período se han expedido 1.274 actos administrativos  que ajustan, complementan y a veces contradicen el POT. En esta maraña aparecen los ‘zombis’. 

En la historia del urbanismo son inevitables las influencias y las referencias. La originalidad se construye aprendiendo de experiencias exitosas. Esto lo dijo claramente el urbanista Peter Hall en el primer párrafo del legendario libro de 1988 Ciudades del Mañana: «Hombres prácticos, que se creen libres de influencias, son, generalmente esclavos de algún difunto economista». Esta cita, dice Hall, es de Keynes, pero se extiende a los urbanistas. 

Como el urbanismo no es una ciencia exacta, aprender de experiencias es herramienta fundamental. El problema aparece cuando se insiste en aplicar lo que no funcionó en el pasado.  A continuación veremos algunos ejemplos de esta insistencia en Bogotá.

Según la Real Academia de la Lengua ‘zombi’ es: «persona que se supone muerta y reanimada por arte de brujería con el fin de dominar su voluntad».  Otras citas en Internet dicen que es: «un muerto resucitado que actúa bajo las ordenes del hechicero que lo regresó a la vida». 

¿Hay presencia de ‘zombis’ en el nuevo POT? Posiblemente. En el primer diagnóstico (abril 21 de 2020), en documento que se presenta a la ‘Comisión Accidental’ del Concejo de Bogotá, se anuncia que se va a tener en cuenta: el POT de 2004, el MePOT de 2013 y el POT hundido de 2019. 

Primer ejemplo. En el POT de Peñalosa (2019) uno de los proyectos estratégicos presentado como “urbanismo innovador” era ‘La Alameda entre Parques’. Un gigantesco intento de renovación urbana basado en demoler 2.827 viviendas y 5.058 establecimientos comerciales en una extensión de 185 hectáreas. Todo esto para ser reemplazado por torres de alrededor de 20 pisos. 

Este proyecto es copia casi textual del ‘Plan Voisin’ que propuso para París en 1925 el entonces muy joven arquitecto LeCorbusier. Obviamente era una idea absurda que los franceses rechazaron inmediatamente, pero revivió en Bogotá 94 años después.

El proyecto de Peñalosa también fue rechazado por el Concejo Distrital y todos pensamos que había desaparecido. Pero no. Simultáneamente con el proceso de formulación del POT se expidieron decretos (671 de 2017 y 746 de 2018) que garantizaban que, aunque se hundiera el POT, el proyecto seguía vivo.    

Afortunadamente los vecinos de los barrios afectados por este proyecto se organizaron y lograron que la administración actual derogara en agosto del 2020 los decretos ‘zombis’.  Ahora se espera que este ataque contra barrios existentes no se reviva en el nuevo POT, para facilitar con el aumento de densidad, la especulación inmobiliaria. 

Otros ‘zombis’ aparecieron con el Decreto 562 de 2014, conocido como el de los ‘rascacielos’, que buscaba promover renovación urbana. Bajo la sombra del MePOT se incentivaba a que por un pago mínimo el desarrollador inmobiliario pudiera construir más de lo que permitía la norma original. Como esto implicaba aumentar la altura, el decreto incluía dibujos para indicar cómo el edificio debía retrocederse con respecto a la calle y los vecinos. Esto se conoce como edificios tipo ‘ponqué’. 

Con los ‘ponqués’ se buscaba camuflar, sin éxito, la presencia de un edificio de 20 pisos en barrios con servicios y calles para construcciones de 2 y 5 pisos. Donde antes vivía una familia, ahora podía aparecer un edificio de 20 o más apartamentos con efectos negativos obvios: colapso de redes de servicios públicos, congestión por insuficiencia de calles, sobrecarga en equipamientos comunitarios, perdida de privacidad de los vecinos y calles oscuras por las sombras que generan los edificios. 

Las guías que acompañaban este decreto, orientado a incentivar la densificación, estaban copiadas textualmente de la norma que apareció en Nueva York en una ordenanza de 1917 planteada exactamente para lo contrario. La ordenanza buscaba disminuir el área construida, al igual que limitar y controlar el tamaño de los edificios y su efecto negativo en las calles . Aquí se buscaba generar más altura.  Y los edificios que alcanzaron a acogerse a la norma antes de su derogación, ahí están como testigos. 

La historia continúa. Aquí y allá. En 1961 se hizo en Nueva York la gran revisión de la ordenanza de 1917 y se aprobó la zonificación con incentivos (Incentive Zoning)  para ampliar el espacio público en ciertos sitios congestionados de la ciudad. A cambio de ensanchar andenes, crear plazoletas y paseos peatonales se permitía a los desarrolladores aumentar el área construida original hasta un 20%. 

La norma se aplicó en Nueva York durante una década.  Pero el resultado urbanístico no fue tan benéfico como se esperaba. La congestión no disminuyó y las plazas, debido a la altura de los edificios, tenían corrientes de aire y sombras que las volvían inutilizables. Además, se perdía la continuidad de las vitrinas comerciales y el ambiente de calles tradicionales se perdió. Buscando contrarrestar esto, en un lapso de 10 años se produjeron 1.194 modificaciones a la norma hasta que se eliminó a mediados de los años 70. 

La norma de Nueva York reapareció en Bogotá medio siglo después en el MePOT de Petro del 2013 y el POT del 2019 de Peñalosa, con algunas modificaciones. Allá se permitía aumentar el área original del edificio en un 20%, aquí se puede aumentar hasta el 1.000% (sí, el mil por ciento).  Así, aquí, el desarrollador inmobiliario es quien determina la densidad de la ciudad. 

El MePOT del 2013 y el POT del 2019 se hundieron. Igualmente, el decreto de los ‘rascacielos’ fue revocado, pero hoy como ‘zombis’ las normas muertas se aplican en las 1.800 hectáreas de Lagos de Torca (decreto 088 de 2017 y decretos 049 y 425 de 2018), y a lo largo de la calle 80 y la carrera 30 (decretos 621 de 2016 y 595 de 2017). Como en Nueva York, pero multiplicando por mil. 

Y ahora para terminar, hablemos de pandemia.  Mariana Mazzucato, profesora del University College de Londres, considerada la “economista que más asusta en el mundo”, en entrevista a la BBC (agosto 3 de 2020) dijo que el covid-19 debe verse como una oportunidad para solucionar las tres grandes crisis de hoy: la sanitaria, la económica y la climática. La situación es tan seria que “no podemos volver a la normalidad que nos metió en esto”. Es una excelente oportunidad para enfrentar la desigualdad y la pobreza. 

Todo indica que la pandemia no generó los impactos urbanos que hoy son tan evidentes, pero sí los aceleró.  Sectores urbanos con graves problemas de seguridad, deficiencias de servicios y baja calidad de vida coinciden con los que tienen los mayores riesgos de contagio. Y esto se explica por la convivencia de densidad, hacinamiento y pobreza. 

Sobrecargar corredores de transporte público con densidades desmesuradas no se ve como una situación sostenible. Hacer renovación urbana para aumentar la densidad alrededor de estaciones de Transmilenio o del futuro metro, en sitios que ya hoy están desbordados con pasajeros y habitantes, tampoco suena práctico. 

Se plantea como solución crear una región con núcleos urbanos integrados por sistemas de transporte público. Y esto se ve lógico porque protege la Sabana, aprovecha el teletrabajo y además está pasando en las ciudades con mejor calidad de vida del mundo. De esto se habla en Bogotá desde el siglo pasado y pareciera que ahora, con la presión del covid-19, se pudiera lograr con un POT coherente. 

 Pero todo esto requiere detectar ‘zombis’ que aparecen en la cartografía que se utiliza para formular el POT. Para la planificación es esencial precisar la ‘unidad espacial’ sobre la cual se hacen los análisis y se toman las decisiones. Como lo recomienda cualquier tratado de urbanismo, se necesita cartografía que integre: región, ciudad y barrios. 
 
El plano simple de las 20 localidades de Bogotá, como herramienta para hacer análisis urbanos, demostró su insuficiencia e inutilidad en el manejo de la pandemia. Con diferencias tan grandes en tamaño, densidad y comportamiento socioeconómico entre localidades es imposible compararlas y menos agruparlas o tratarlas como si fueran unidades homogéneas. 

El riesgo de utilizar el plano equivocado es evidente porque 21 semanas después de todo tipo de ensayos de cuarentenas generales o focalizadas, basados en decisiones sobre las localidades, los resultados no pueden ser peores. En la semana 22, según el New York Times, Colombia, con Bogotá a la cabeza, es el peor país del mundo en la tasa de muertes por cada 100.000 habitantes en la última semana.   

Utilizar cartografía apropiada para formular el POT suena obvio, pero no es fácil. Tomar como base las Unidades de Planeamiento Zonal, UPZ, podría ser un buen comienzo porque, según su concepción, integran: el barrio como unidad espacial, la participación de sus residentes y normas urbanísticas para su manejo. 

Bogotá tiene hoy 1.922 barrios y 92 UPZ, cada una subdividida en sectores normativos, que deberían corresponder a barrios o zonas que por sus características homogéneas se puedan manejar con normatividad propia para el sitio. 
 
¿Y aquí, en dónde están los ‘zombis’?: en la delimitación de los sectores normativos que excepcionalmente coinciden con los barrios; en la conformación de las UPZ que responden más a zonas de interés para especulación inmobiliaria, y al poco esfuerzo por proteger los barrios residenciales existentes. 

Este es un reto para el ‘Contrato Social’. Es la oportunidad para articular en el POT los intereses de la ciudadanía representada en las comunidades barriales, las expectativas comerciales legítimas del sector privado y las acciones para lograr equilibrio y equidad que debe ejercer el Estado. Esto requiere evitar desbalances hacia el lado que haga más presión y detectar y eliminar los ‘zombis’ que van a aparecer por todas partes.


Publicado originalmente en la edición N°4 de la revista Pensar Ciudad de la universidad Francisco José de Caldas.

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