Discriminación Racial, el extraño fruto del árbol de la ignorancia

La canción Strange fruit, interpretada por la afamada Billie Holliday en 1939 y cuya letra —escrita por Abel Meeropol— convirtió este tema musical en el himno del movimiento por los derechos civiles de las comunidades afroamericanas de los Estados Unidos, retrata la que fuera una escena típica en la Norte América de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. La manera tan explícita en que la retrata y la acogida que tuvo en consecuencia le valió a esta memorable pieza musical el ser nombrada en 1999 por la revista TIME como «la canción del siglo». Lo que para algunos pudo parecer exagerado —al comparar dicho tema musical con otros de mayor acogida comercial— cobra gran importancia y una vigencia inusitada, a la luz de los recientes eventos acaecidos como consecuencia de la muerte del Afroamericano George Floyd.

“Southern trees bear a strange fruit
Blood on the leaves and blood at the root
Black bodies swinging in the southern breeze
Strange fruit hanging from the poplar trees

Pastoral scene of the gallant South
The bulging eyes and the twisted mouth
Scent of magnolia, sweet and fresh
Then the sudden smell of burning flesh

Here is a fruit for the crows to pluck
For the rain to gather, for the wind to suck
For the sun to rot, for the tree to drop
Here is a strange and bitter crop”

«Los árboles del sur dan una fruta extraña
Sangre en las hojas y sangre en la raíz.
Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur
Extraña fruta colgando de los álamos

Escena pastoral del sur galante
Los ojos saltones y la boca torcida
Aroma de magnolia, dulce y fresco.
Entonces el repentino olor a carne quemada

Aquí hay una fruta para que los cuervos puedan arrancar
Para que la lluvia se junte, para que el viento succione
Para que el sol se pudra, para que el árbol caiga
Aquí hay una cosecha extraña y amarga»

El fruto extraño al que hace referencia la letra de la canción es el cuerpo —o mejor los cuerpos— de dos afroamericanos muertos que penden de un árbol, tras haber sido linchados. Esta escena, es una más de esas que para algunos, hoy en día, podría parecer una ficción cinematográfica pero que lamentablemente no lo es. Y no solo es lamentable que no sea una ficción, sino que en las diversas oportunidades en que el cine ha intentado retratarla se ha quedado corto, pues al séptimo arte le han quedado faltando valor y recursos para transmitir el dolor y la vergüenza que representa para toda la nación americana y para la humanidad, lo que fue el ejercicio de semejante práctica normalizada por los que se suponían ciudadanos de bien, que aunque en las películas no se atrevan a contarlo, en las fotografías reales aparecen en sonrientes hordas que rodean los cuerpos de afroamericanos linchados, colgados y quemados, sólo porque no había nada en las normas sociales o legales que indicara que aquello estaba mal.

Reconstrucción a partir de dos imágenes de la fotografía completo de un linchamiento «lynching» en 1930 en Indiana, EE.UU. Cuelgan del árbol Thomas Shipp y Abram Smith that is depicted in the mural in Elgin. The mural shows the crowd but not the bodies.

Para los que solo encontramos belleza en el color y la diversidad, es difícil entender cualquier tipo de discriminación, es difícil entender los procesos mentales de quienes ejercen actos de racismo en la actualidad, o de los que los han ejercido en cualquier momento de la historia, contra cualquier persona de cualquier nacionalidad, orientación sexual o cualquier etnia. ¿Cómo se explica el racismo en un mundo construido a partir de las migraciones y colonizaciones? ¿Cómo se explica que a un pueblo que a lo largo de la historia ha sido colonizado, explotado y expatriado por la fuerza para ser llevado como esclavo a otros continentes, se le siga discriminando aún en la actualidad? ¿Cómo se explica que existan personas que consideren que deberíamos darnos por bien servidos con que se haya abolido la esclavitud?  

El racismo es una herida abierta en el corazón del pueblo afrodescendiente que hoy habita en cada rincón del mundo, una herida a la que la humanidad ha continuado echando sal a lo largo de la historia, sin que haya mediado un auténtico acto de contrición, un proceso en el que se juzgue lo inhumano de haberlos tratado como objetos desde el Imperio Romano hasta el siglo XX, haber comerciado con ellos, haberlos azotado y golpeado hasta morir, haber exhibido sus cuerpos sin vida mutilados y desgarrados y haberles fotografiado con multitudes de hombres, mujeres y niños blancos sonrientes a su alrededor, como si lo que pendiera de aquellos árboles no hubiesen sido seres humanos, como si aquellos actos fueran dignos de ser retratados, como si la indolencia de quienes sonríen en aquellas fotos no fuera motivo de vergüenza para la humanidad entera, cómo si no fuéramos todos mestizos de alguna manera, como si no debiéramos al mestizaje la riqueza de la cultura en el mundo entero, como si no debiéramos al mestizaje y a los inmigrantes africanos el crecimiento y el desarrollo de la agricultura, la construcción y en general de la economía de todo el continente americano.

Yo soy Zamba, hija del mestizaje entre esclavos africanos e indios americanos, mi gran nariz achatada da buena cuenta de eso. Hubiera querido una piel más oscura, un cabello más rizado, unos músculos tan potentes como los de mis antepasados africanos, o un alma tan pura como la de mis antepasados indígenas, pero me siento orgullosa de recibir un poco de ambos, me siento orgullosa y feliz de saberme heredera de ellos mis ancestros, razas puras de indígenas nativos sur americanos y negros chocoanos descendientes de los esclavos africanos. En consideración de que las actuales circunstancias me impiden salir a las calles a arengar contra los actos atroces de violencia y discriminación racial, haré lo poco que puedo por este medio, a través de estas humildes palabras dirigidas a quienes sufren el flagelo de la discriminación, de cualquier forma, y dedicándoles un verso de una canción de la sonera cubana Albita Rodríguez, titulada Habrá música guajira:

 «(…) Y no importa que haya gente
Que desprecie nuestro nido, si el sol sale repartido para todos igualmente
Mientras que el sinsonte intente competir con nuestra lira
Que importa alguna mentira negando nuestra virtud
Siempre que exista un laúd
Habrá música guajira
Y es que tengo el corazón
Hecho de tierra y semilla
Y es que sé la maravilla de estrechar tu mano de noble sudor (…

El racismo —como las demás formas de discriminación— se encuentra anclado en lo profundo de las instituciones políticas y de este sistema económico que solo ve a las personas en función de la utilidad que arrojan, aunque intenten convencernos de lo contrario. Muchas cosas tienen que cambiar y esos profundos cambios no ocurrirán espontáneamente, todos tenemos el deber moral de contribuir, de luchar por ellos de la manera en que podamos y en que cada momento de la historia lo demande. 

Con la esperanza  de que algún día la humanidad entera logre mirarse a los ojos y reconocer en el otro un par más allá del color de la piel, sin distingo de nacionalidad, credo o identidad de género, y con la esperanza de que algún día todos seamos merecedores de iguales dosis de respeto, me apresto por lo menos a tratar de educar a mis hijos en el amor y la empatía, en la humildad y la conciencia de clase, para que nunca se consideren superiores a nadie, para que nunca se consideren inferiores a nadie, para que nunca traten a nadie con menos respeto del que consideran merecer ellos mismos. Hago esto convencida de que la lucha contra la discriminación racial y contra todos los tipos de discriminación demanda además de los profundos cambios políticos ya mencionados, cambios en la educación y el lenguaje, convencida de que está en nuestras manos educar una nueva generación de personas que vean el significado de la palabra aberrante en la imagen en que inspira la letra de Strange fruit, que se indignen frente a la injusticia, y que desde niños lean libros y escuchen música con contenido profundo que eleve sus niveles de conciencia al estado que se requiere para que un futuro diferente sea posible.  

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