Wasserman da luces sobre la radicalización de la contienda electoral

¿Has discutido con tu familia o amigos hasta la verdadera incomodidad por inclinaciones políticas? ¿Te han tildado de petrista o uribista? ¿Te han rechazado, incluso negado la conversación, por no ser de uno de los anteriores grupos?

En un mundo cada vez más conectado pero cada vez más carente de comunidad, las tendencias se imponen sobre la identidad personal y los proyectos de grupo, que se ven soslayados. Es así que en Bogotá, mientras se ocultaban los nombres y orígenes de todos los que se robaron el erario publico, un viejo aliado de la cabeza visible del robo se alzaba como el salvador con le favor del resto de ladrones, para cuatro años después dejar la ciudad con el corazón quebrado por las promesas incumplidas y eligiendo de nuevo por las razones equivocadas. Con gran esfuerzo, y en los que pareció un momento de lucidez colectiva, elegimos una alcaldesa que propuso una tercería, pero lo que podía ser un gobierno para caminar juntos terminó bombardeado por los ataques de dos identidades que se radicalizaban cada vez en más e el país. Así, para unos la gobernante era Peñalosa versión femenina, y para otros una aliada más de Petro.

Llegó 2022, y sin entender lo que significan las que nos pintan como las únicas opciones, los colombianos se apresuran, aún teniendo tiempo y opciones, a identificarse en uno de dos bandos y sentar batalla con todo el que no lo haga o esté en el contrario. Wasserman, con afinado tino y admirable brevedad, presenta lo que hay detrás de este fenómeno.

Progresistas contra el progreso

Es más progresista quien actúa en contra de la pobreza que quien se indigna pero no hace nada.

Por Moisés Wasserman, publicado originalmente el 5 de mayo de 2022 en El Tiempo.

Este proceso electoral ha traído desarrollos novedosos. Para mí, un observador, ha sido desconcertante. Cosas que creí importantes resultaron insignificantes, y al contrario. Un fenómeno sorprendente ha sido descrito recientemente en un libro de Lilliana Mason (profesora de psicología política de la Universidad Johns Hopkins), en el que muestra la predominancia de la identidad sobre la ideología, como la fuerza que cohesiona a los grupos políticos. Plantea que la gente vota de acuerdo con la imagen que se hacen de ellos mismos, no para adelantar un proyecto que generalmente no conocen y que les interesa poco. El factor que promueve la polarización de nuestros días es el de esas etiquetas partisanas que la gente asume con la pasión de un hincha.

Así entiendo por qué hay tantos que asumen el progresismo como una identidad, aunque sus posiciones a veces sean francas enemigas del progreso. Uno puede refugiarse bajo esa identidad paraguas, aunque tenga posiciones autoritarias y despóticas, o esté contra la autonomía de las mujeres y contra los derechos de los homosexuales, aunque toda su vida anterior haya militado en partidos reaccionarios y defienda doctrinas obsoletas y fracasadas, aunque todavía eduque a sus hijos con el rejo, aunque crea que el mejor futuro es el que más se parece al pasado. Es cierto que muchos defienden algunas posiciones verdaderamente progresistas, pero me atrevo a decir, por lo que se oye y se lee, que no son la mayoría.

Hace algunos días circuló muy ampliamente por las redes la imagen de la candidata vicepresidencial Francia Márquez en una ceremonia que, como explicaba la mayoría de los comentarios, era una ceremonia ancestral para invocar la fertilidad del campo. La imagen iba acompañada de las habituales expresiones de admiración. Sé que criticarla me costará muchos insultos, pero esa imagen que proyectó no es progresista.

Parece que el político más exitoso (electoralmente) será aquel que logre que la autovictimización, la indignación y la rabia sean las características identitarias dominantes en los votantes.

Imaginemos dos parcelas equivalentes. El dueño de una de ellas hace su ceremonia de fertilidad, el segundo acude a Agrosavia, recibe instrucciones para enviar muestras de su suelo y a vuelta de correo recibe los resultados del análisis químico y recomendaciones sobre cómo mejorar el terreno con abonos y qué sembrados son más convenientes para su localidad y el régimen de lluvias estimado. Si el campesino es más osado aún, usará semillas resistentes a plagas y con productividad mejorada. Al final, el resultado de la cosecha se podrá medir pesando con una balanza. La primera estrategia está promoviendo la pobreza y el hambre; la segunda, el bienestar.

Parece que el político más exitoso (electoralmente) será aquel que logre que la autovictimización, la indignación y la rabia sean las características identitarias dominantes en los votantes.

Me parece progresista la segunda estrategia y regresiva la primera. Ya sé que, como se estila hoy, me van a mandar a leer algún filósofo posmodernista (y decadente) para que me ilumine. Tal vez a Gianni Vattimo, quien afirmaba que “lo importante no son los hechos, sino las interpretaciones”. Pero no, lo importante son los hechos. Es más progresista quien actúa en contra de la pobreza, la suya y la de los otros, que quien se indigna, denuncia y reclama, pero no hace nada, y después invoca la ayuda de algún espíritu para que llueva.

Se volvió progresista quien está en contra del avance del conocimiento científico y del desarrollo tecnológico, que son vistos más como amenazas que como soluciones. Se trata de elitista a quien para creer una afirmación pide que se confronte con los hechos. Predomina la teoría paralizante de que todas las creencias deben ser igualmente respetadas, que nada necesita ser verdadero para ser aceptado, basta con ser creído.

Parece que el político más exitoso (electoralmente) será aquel que logre que la autovictimización, la indignación y la rabia sean las características identitarias dominantes en los votantes.

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